El "No", la respuesta de los pobres colombianos a los otros pobres colombianos.
- Pa´la gente

- 10 nov 2017
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Eran las 4:10 de la tarde, las urnas estaban cerradas, los jurados de todo el país estaban contando y recontando los votos: dos columnas, dos respuestas, dos intenciones. Todo se vino abajo para el tratado paz alrededor de las 7:00 de la noche. Lo impensable en la firma de la paz en Cartagena días antes entre Gobierno Nacional y las Fuerzas Revolucionaras de Colombia FARC, pasó, no se obtuvo el permiso de los colombianos para la implementación de los acuerdos.
Con una mínima diferencia el “No” se impuso en el Plebiscito y se esfumaron allí, cuatro años de duras negociaciones entre dos bandos que por más de cincuenta años se enfrentaron. ¿Qué pasó para que la sociedad civil desechara los acuerdos de paz entre las FARC y el Gobierno Nacional? Primero, una dura campaña en contra de los acuerdos de paz, liderada por la “oposición” de la derecha, la ultraderecha. Quienes serían en gran medida afectados por lo pactado allí, es la élite que no fue llamada a negociar, es más, es la élite que no quiere negociar y no le interesa que sus beneficios sean tocados. Colombia es un gran latifundio y sus señores feudales no desean, ni quieren que sus derechos sean vulnerados a través de un compromiso gubernamental con la guerrilla de las FARC y menos que el grueso de la población se entere en qué clase de país viven.
Para ello, se basaron en toda una campaña mediática que incluía los miedos y frustraciones de millones de colombianos, pura propaganda nazi. Los uribistas no inventaron nada nuevo, Joseph Goebbels en plena segunda guerra mundial ya usaba campañas mediáticas para favorecer las ideas nazis.
Los once principios de la propaganda nazi fueron usados abiertamente, mientras una gran parte de la población caía rendidamente a los pies de los argumentos vacuos del uribismo. Inclusive, después de la derrota del sí, hinchados por la victoria, el cinismo brotó a través de Juan Carlos Vélez, quien fue el gerente administrativo de la campaña del No, que la describió como “la campaña más barata y efectiva de la historia”.
Según el propio Vélez, la campaña nunca se basó en los contenidos del acuerdo de paz, sino en la indignación: para muchos colombianos era impensable que los guerrilleros pudieran hacer política o que no pagaran con penas carcelarias por sus faltas contra la institucionalidad del país. Allí, y bajo ese subterfugio se presentaron los uribistas como aquellos no permitirían la impunidad, como los salvaguardias de la constitucionalidad, de la moral, de la patria. Freire plantea en este sentido:
“Los opresores, falsamente generosos, tienen la necesidad de que la situación de injusticia permanezca a fin de que su “generosidad” continúe teniendo la posibilidad de realizarse. El “orden” social injusto es la fuente generadora, permanente, de esta “generosidad” que se nutre de la muerte, del desaliento y la miseria” Freire, pág. 25
Sus intereses no están al orden de los intereses del grueso de la población, su única apuesta va en sentido de las ganancias que pueden obtener del tratado de paz y de paso revitalizar su propuesta política e ideológica -a puertas de la campaña presidencial-, que se nutre de los miedos, los imaginarios y la pereza intelectual de muchos colombianos.
Se impuso una vez más entonces por encima de los intereses del país un discurso hegemónico, creado por una élite para que los pobres rechazaran a otros pobres. Nada nuevo, desde la colonia siempre nos han saboteado de la misma manera, el ethos que nos han ido incorporando: la colombianidad goda es fruto de más de doscientos años de adoctrinamiento.
Segundo, una educación formal y no formal decadente que es condescendiente al abuso en el discurso y en la práctica de una élite dominante. El llamado era simple, se citaba a la sociedad civil a darle el espaldarazo a unos acuerdos que giraban en torno al agro, a la participación política de sectores deprimidos, al compromiso de la reparación de las víctimas del conflicto armado y al fin del enfrentamiento armado con las FARC.
Sin embargo, muchos colombianos le dieron la espalda a lo elemental del proceso de paz, prefirieron asumir un discurso que no les pertenece, que era fácil y que les permitía moralmente ponerse por encima de la criminalidad. Vociferando justicia social, democracia, ética, conciencia; unos falsos valores cívicos.
El discurso que le funciona a esa élite y a su política guerrista y feudalista aunado a la falsa conciencia de los pobres dieron como resultado que más de seis millones de personas que votaron por una propuesta política que no es suya, ni que los beneficia en nada. Vale aclarar que de esos seis millones muchos no se consideran uribistas, sin embargo, fueron capitalizados políticamente y le dieron un aliento al uribismo para imponer su agenda en los acuerdos de paz.
La falsa conciencia implicaba reconocer las carencias sociales que se tienen por pertenecer a una clase social, pero seguir reproduciendo el discurso opresor, pensando en que ese es el camino para superar esas carencias, por ejemplo, era común encontrar discursos que explicaban la necesidad de justicia para obtener paz, pero eso solo se lograba la paz si los guerrilleros pagaban sus delitos con cárcel o se acribillaban en las zonas de concentración en los llanos del Yarí -en donde se encontraban en su décima conferencia guerrillera-.
Era la institucionalidad carcelaria o la muerte por las ráfagas de patriotismo quienes debían establecer las condiciones de justicia y no un endeble sistema de justicia transicional. Entonces, los argumentos en contra del tratado de paz, iban en torno a la negación del otro y su condición: hijos de la pobreza y de la injusticia social.
Atacar el proceso de paz con violencia, encolerizar a los colombianos con los auspicios económicos que iban a recibir los guerrilleros, la participación política en el congreso, la amnistía que recibirían si decían la verdad en el tribunal especial, etc. Eran para muchos colombianos beneficios que no se merecían y la única verdad válida era que pagaran como los criminales que son.
Fue el caldo de cultivo perfecto para hacer florecer esa colombianidad tan abominable, esa cultura intrínseca que nos convierten en reaccionarios al mínimo cambio de las condiciones sociales, preferimos lo malo conocido que lo bueno por conocer, en adagios populares.
Empero, esta situación tan compleja también nos permite reconocer esos discursos que nos agotan y analizar los falsos criterios que nos mueven en los escenarios políticos y sociales, comprender con más ahínco lo que nos ha llevado como sociedad a cometer estos errores garrafales, como lo fue el llamado histórico que no fuimos capaces de cumplir como sociedad.
A no detenernos y señalar los aspectos que no nos permiten construirnos como sujetos críticos frente a la realidad que nos golpea, no como colombianos, sino como humanos consientes de nosotros mismos y de los otros y a la enorme responsabilidad que ello conlleva. Parafraseando a Freire, el oprimido tiene que reconocer al opresor en el mismo para liberarse.
Aún queda un largo camino que recorrer en la reconciliación, para comprender que la violencia que nos ha golpeado durante tantos años es producto de unas condiciones injustas, para que respuestas como estas no se vuelvan a repetir, insisto en la necesidad de reconocerse en el otro, para que los colombianos pobres y vulnerables no le digamos ¡NO! A los otros colombianos golpeados, pobres y vulnerables.


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