"El Corozo", lecciones sobre memoria y asociatividad
- Juana Mara Gama Orellanos
- 8 dic 2022
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 29 mar 2023

A tres horas de la capital del Tolima, al norte del departamento está ubicado “ El Corozo” vereda de Santa Isabel, colindando al norte con la vereda El Suspiro del municipio del Líbano, al sur y oriente con la vereda La Honda del municipio de Venadillo y al occidente con las Veredas Unidas. Entre El Corozo y El Suspiro se encuentra una gran barrera natural llamada el río La Yuca, que desemboca en el río Recio, y al hacerlo forma un salto de más de 50 m de altura, con una laguna natural de por lo menos 80 m de diámetro.
El lugar que comprende el final de la llamada ruta del Mohán dónde existen cavernas inexploradas y un camino de herradura casi inaccesible que vale la pena conocer. Acompañados de las brisas antiguas del Volcán Nevado del Ruiz y Santa Isabel, el clima es privilegiado para la siembra, igualmente en otras épocas del año recibe las corrientes del plan del Tolima. Sin embargo con la variabilidad climática actual puede vivir intensos veranos y crudos inviernos, por lo que afecta de manera significativa las rutas de acceso, caminos viejos que cargan consigo la historia de aquel lugar.
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No es mentira que el conflicto armado en Colombia ha marcado de manera profunda la cultura, la economía y cómo se concibe el territorio. El campo es una de los mayores afectados en una guerra que ha llevado a miles de personas a abandonar sus tierras y a crear una visión negativa sobre el oficio campesino.
Como en la vereda El Corozo, que, debido a su posición limítrofe con tres municipios, fue centro de tres estallidos violentos donde distintos actores armados se asentaron en un periodo de casi 60 años. Según el Observatorio Global del Desplazamiento Interno, en Colombia, a diciembre de 2020, habían aproximadamente 4,9 millones de personas desplazadas internamente como consecuencia del conflicto armado. Al margen de esta situación, en el sector se vienen desarrollando una serie de dinámicas comunales y sociales que rompen con la revictimización que se le da a quienes han sufrido las consecuencias de la crudeza de la violencia.

Los ancestros de la región del Corozo, llegaron desplazados desde el plan del Tolima, especialmente desde Ambalema, región tabacalera y puerto principal sobre el río Magdalena. Una mezcla de Antioqueños, Tolimenses y Cundiboyacenses, originarios de otras tierras y costumbres pero con arraigo campesino (algo particular en el norte del Tolima).
Ellos derribaron montañas y sembraron lo que daba la tierra: café bajo sombra y de baja producción, maíz, yuca, plátano, frijol, cacao y otros cultivos. También se aventuraron con el ganado bovino y se estableció la arriería, teniendo cada predio su sistema de transporte, especialmente el mular; fueron ellos quienes abrieron las vías que al día de hoy siguen siendo transitadas por sus hijos y nietos.

La Familia Castro es la dueña de la finca más grande del sector nombrada “El Corozo” al igual que la vereda; en ella tres generaciones han cruzado y sembrado sus tierras, han visto morir a la familia y sus vecinos, y hoy en un nuevo comienzo, la asociatividad es el punto clave para sanar las heridas que ha dejado tanto fusil.
El desplazamiento ha sido recurrente en la historia de esta finca, en primer lugar el periodo de violencia en los 50, donde los viejos del lugar ponen principal importancia, ya que la vereda quedaba en medio de un pueblo rojo liberal como es el municipio del Líbano y uno que se nombraba conservador como lo fue Santa Isabel.
— Esa fecha 9 de abril de 1948 debería borrarse de nuestra historia porque fue lo más funesto que le pudo suceder al país.
Se dice con especial tristeza.
—Después de que hubo muertos de lado y lado, amigos contra amigos, el desplazamiento fue una de las defensas de la vida, la ciudad de Neiva acogió gran parte de los desplazados del Corozo.

Fue hasta 2016 con la firma de los acuerdos de paz que al sector vuelve la producción de la tierra y por ende la re activación económica.
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Hoy las cosas son un tanto distintas, en esos caminos donde pies ansiosos corrieron del ruido ensordecedor de las balas, los árboles que presenciaron el dolor y en esas antiguas casas de bahareque donde aún huele a aguapanela en leña; se respiran vientos de cambio. La comunidad se une nuevamente para “sacar adelante a la vereda'' y esa unión entre vecinos es la resistencia más allá del conflicto que muchas veces pasa inadvertida.
En un país en su mayoría rural, el rol del campesino ha sido relegado a la visión que se tiene desde las ciudades, un personaje casi mágico, que parece no tener un rostro, que habla feo y que es “ordinario”, y no se podría tener un concepto más ajeno. Casos como el de Santa Isabel son muchos en Colombia, a diario esas víctimas que solo son tomadas como números en alguna base de datos, superan el fantasma de la guerra y el olvido, renaciendo de la tierra como semillas para alimentar al país. En la vereda se espera que en los próximos años puedan tener mejor vida, que se les tenga en cuenta, que los jóvenes vuelvan al campo y que las promesas por fin sean cumplidas.
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El Corozo al día de hoy cuenta con la producción de café y comercialización de plátano de hasta 2500 toneladas en un año, signo de una buena producción, pero los precios inestables desaniman a los agricultores, que junto con el estado de las vías desestimula al campesino a arriesgarse a mayores inversiones. De los otros cultivos merece mencionarse la yuca como alimento básico para el campesino, su mercado por otro lado es incierto.

También son sembrados de manera ocasional los cultivos de maíz y frijol. El aguacate igualmente forma parte fundamental de las dinámicas económicas en el territorio. La asociatividad entre los vecinos ha sido un punto fundamental en la reconstrucción de los tejidos sociales. Existe en la vereda del Corozo un asociación de productores denominada Asociación de Productores de Aguacate y Plátano del municipio de Santa Isabel, "Asoaguaplat", conformada por agricultores de la vereda el Corozo y de la vereda del Suspiro, con un número de 25 asociados, que como en muchos sectores del país no cuenta con el apoyo estatal necesario. Se ha encontrado la forma de reconstruir mediante la acción comunal, el cuidado de la tierra y la memoria.
— Si el país cambiara y mirara hacia el campo, la solución estaría en asociar el campesino.
Un comentario que se suelta al aire con bastante seriedad.
Entre las colinas olvidadas, existen guerreros silenciosos, no de armas tomar, ni de muertos, ni de llanto; son los guerreros del Yarumo, del Tres Pies y del Corozo. Sembrando la esperanza de mañanas menos dolorosas, estos guerreros que solo son silenciosos para los oídos sordos del que vive en la ciudad, pero que si se toma el tiempo de detener su andar y sentir la montaña, los encontrará tarareando alguna canción mientras la yuca es arrancada.
En un país donde la guerra ha sido la lógica preponderante, es difícil ver a las víctimas más allá del rol que se les imponen a la hora de que son desplazados, asesinados o violentados, en el marco de las discusiones sobre el país y los que somos como territorio, se hace necesario generar acciones alrededor del campo y su gente; mirar al campesino como un actor importante en la sociedad, entender a la asociatividad entre vecinos como las nuevas formas de protección de la vida y sin olvidar lo que pasó como ejercicio de la memoria, dar nuevos significado a los sitios donde por mucho tiempo el miedo y el dolor fueron la ley.



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