El Juego de la Vida
- Pa´la gente

- 29 sept 2016
- 2 Min. de lectura
Entre la multitud de un espacio público, las risas y los llantos son los sonidos más particulares, es la herramienta por excelencia de los niños y niñas para expresar sus sentimientos. La infancia es la etapa donde crean por naturaleza ideas de un nuevo e inmenso universo las personas, convirtiéndose en un periodo vital donde se graban los recuerdos, que más adelante generan sensaciones de gratitud o frustración.
Las plazas de mercado tanto de los pueblos como de las ciudades están diseñadas para garantizar la oferta de productos básicos, principalmente de origen agropecuario de consumo doméstico y como cualquier otro lugar encontramos personas que trabajan y deben generar ingresos para el sostenimiento de sus familias. Este es el caso de Edgar López, vendedor de avenas en la plaza de la 21, de su trabajo dependen económicamente tres personas, una de ellas es su hija a la cual orgullosamente le ha podido costear los estudios universitarios con su trabajo ambulante.
Los pequeños.

Para los padres de familia es satisfactorio tener sus hijos cerca, brindarles protección y no dejarlos solos en casa, de tal manera, varios de ellos llevan sus hijos a los lugares de trabajo, en este caso: la plaza. Según la edad que tengan sus retoños, han de ponerles tareas, trabajar colectivamente para generar mayores ganancias, es por eso, que vemos niños, niñas y adolescentes sentados en canastas haciendo los “paquetes” de verduras, desgranando arvejas, armando el atado de cebolla que luego venden en dos o tres mil pesos, dependiendo del valor del producto si está o no en cosecha. Otros más arriesgados salen a las calles de la plaza a ofrecer diversa variedad de productos, ayudan a cargar bolsas de mercado o cargan bultos de alimentos.
Divertirse en la plaza es muy fácil, solo se debe tener en claro las metas, saber cuánto vale un producto y hasta en cuánto lo puede dejar, allí, se practica lo aprendido en el colegio, las matemáticas con sus sumas y restas, las relaciones públicas, la educación física, la religión y su Dios lo bendiga, la ética a la hora de vender un producto y saber que lo que se está vendiendo es de calidad.

Independientemente del rol que estén desarrollando dentro del juego, los pequeños de la plaza tienen responsabilidades, saben que deben diseñar estrategias para conseguir clientes; afinar sus voces, gritar, sufrir, caerse, en este juego se gana o se pierde, no hay segundas oportunidades, no se permite el tacho, ni el yo me cubro, es simplemente dejar a un la lado la timidez y salir al encuentro de los compradores.

Hay quienes ya son adultos y recuerdan cómo de niños empezaron a producir dinero y se enamoraron de él, desertando el colegio, como José Eduardo Montenegro, vendedor ambulante desde hace más de 10 años de la plaza y narra su experiencia de niño.
Hemos diseño una Galería fotográfica de niños en la plaza.
Entrevista a Edgar López, vendedor avenas plaza de la 21.



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