Inmortalizados sobre el papel
- Pa´la gente

- 28 oct 2017
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La ternura de los trazos, en muchos casos precisos y siempre eternos en la memoria quedan impregnados en la mente de quien visitó la exposición: “Siempre volveré a vivir… los dibujos de los niños de Terezin” en el Museo de Arte del Tolima.

Uno a uno se van presentando los dibujos meticulosamente colocados en la sala de exposición, mientras el guía del museo, Camilo Tabares, explica la naturaleza de las ilustraciones que tienen anonadados a los visitantes, estas empiezan a contar una historia por si solas, en momentos no es necesario leer sus descripciones porque los bosquejos son tan transparentes qué dejan entrever sus más inocentes intenciones.
La sala está en total silencio, salvo por la voz del guía que en momentos interrumpe para aclarar dudas de carácter histórico que se generan por medio del viaje a través del tiempo, hasta 1941 cuando los nazis decidieron convertir Terezin en un territorio de concentración en el que llevarían familias judías, donde se suponía debían estar los judíos del protectorado y lugar de paso con destino a Auschwitz de más de 150.000 judíos.
El lugar envuelve en una especie de bucle temporal a sus visitantes, quienes se paran minutos en frente de los dibujos que les generan alto impacto, algunos sonríen, otros observan con preocupación los trazos inmortalizados sobre el papel, pero hay quienes ven con asombro y hasta un tinte de alegría las palabras “sobrevivió” en las pequeñas descripciones a un lado de cada obra.
De un momento a otro un número significativo de habitantes de la antigua Checoslovaquia se convirtieron en prisioneros en este lugar, entre ellos un gran número de niños quienes no podían asistir a los colegios o parques infantiles, en los lugares se les especificaba que estaba prohibido frecuentar los estos sitios y les obligaban a utilizar una gran estrella amarilla en sus ropas para identificarlos, niños quienes no eran conscientes de su religión hasta ese momento.

Las suaves palabras de Camilo inundan el silencioso recorrido, relata como el hambre, las enfermedades, el maltrato y el dolor eran parte del diario vivir de los habitantes de Terezin, en muchos casos las personas fallecían incluso antes de ser enviados a morir.
En medio de las lamentables situaciones surge un fenómeno muy espacial que ha trascendido en el tiempo, una expresión artística sublime y transparente, los poemas y dibujos de los niños prisioneros en Terezin, se logra encontrar en ellos el punto de vista de aquella guerra, el abandono, dolor, las enfermedades, muertes, sus precarias condiciones de vida y la injusticia que tenían que enfrentar a diario.
Los dibujos cuentan la historia de cómo transcurrieron los días de los pequeños en el campo de concentración. En el marco de la preocupación de los judíos por la continuidad de los estudios de sus niños, se crearon clases de arte y pintura de manera clandestina, para su fortuna encontraron entre ellos gente muy preparada para esas funciones y es en medio de estas clases que los niños judíos y bajo escasas condiciones expresan en el papel el entorno en el que viven.
Paisajes, flores, casas, animales y personas fueron las expresiones que sirvieron como válvula de escape para los niños, estos diseños hacen fueron de la manera de expresar y plasmar sobre el papel sentimientos, deseos y realidades que sobrellevaban en el campo de concentración, en donde los pequeños y preadolescentes dan cuenta de la vida que les arrebataron y además de la barbarie que vivieron durante esos años.
Los dibujos descansan en las blancas paredes de manera pacífica y tranquila para el público que los aprecia, pero una vez los ojos de los espectadores se posan en estas obras comienza un recorrido por la realidad de un campo de concentración.
La exposición avanza y con ella otro espacio de admiración, una siguiente sala con el resto de los dibujos se abre camino en el paso de quienes visitamos el museo, ojos curiosos empiezan a analizar las obras, las fotografías se hacen cada vez más presentes, reteniendo las imágenes en sus dispositivos, como también los comentarios de tristeza y nostalgia, la admiración y asombro por la historias que se cuenta a través de los dibujos colgados en la pared.
Las pinturas logran transportar a las personas al mundo de los niños y sus fantasías, su diario vivir, sus esperanzas y su voluntad, no es en vano encontrarse con muchos dibujos en los que los pequeños mostraban grandes paisajes y felicidad en su rostro, para lo espectadores que apreciaban esa tarde la exposición eran sinónimo de su ilusión de volver a su libertad y felicidad, con la que vivieron alguna vez.

Entre las pinturas hay obras que a pesar de ser de la autoría de jóvenes y niños tienen notable rigor y demuestran tal talento que rápidamente los observadores notan, la obra de Helga Weissova, en ella, la joven mostraba el trabajo de las niñas antes de una visita de la cruz roja, quien según la placa al lado de su dibujo logró sobrevivir, ese dibujo logró deleitar a más de una de las personas que se encuentran en la sala quienes rápidamente intentan averiguar si, quizá habrán allí más obras de la joven que a los 13 años pintó uno de los dibujos más admirado de la noche.
Las historias del Nazismo y los campos de concentración son elementos que conmueven, pero “verlo a través de los ojos de los niños lo lleva a otro nivel” susurraron en la sala y era eso lo que reflejaban los ojos de los visitantes de la exposición, la vida como la conocieron los judíos transcendió en el tiempo, las representaciones del lugar donde se encontraban prisioneros los pequeños enternecían a los espectadores, reflejaban los tiempos en que las casas estaba desahuciadas, como la de František Bass de 14, su “casa vieja, (…) abandonada, en silencio en profundo sueño. Qué hermosa era antes, cuando allí estaba, qué hermosa era…” como esta muchas más ilustraciones y poemas reflejan los tiempos de guerra.



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