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Libertad hecha lápiz y papel


Sueños de niños que quedaron en el deseo. Fragmentación de inocencia en medio de la muerte. Angustia, dolor, esperanza y tristeza, es lo que representan los dibujos de los niños de Terezín. Quienes refugiados en el arte, plasmaron las más crueles de sus historias y de la historia universal.

“Arbeit Macht Frei”, “work sets you free”, o traducido al español “El trabajo libera”. La frase nazi de la Segunda Guerra Mundial, puesta en la entrada del campo de concentración de Theresienstadt (Terezín), que supondría a los judíos encerrados su propia muerte. ¿Libertad si trabaja? ¿Qué tipo de libertad distinta a la muerte se podría obtener en medio del hambre y las enfermedades que golpeaban las esperanzas de aquellas personas?


Entrada de la exposición. Foto: Jeferson Saldaña

Una frase que mantiene intactos los trazos de cada pequeño pintor es: “Siempre volveré a vivir…”. La frase con la que la exposición de los dibujos de los niños de Terezín, en el Museo de Arte del Tolima, abre sus puertas al mundo artístico y de los hechos, de las lágrimas e imaginarios plasmados en papel, por quienes esperaban ser libres; libres en vida.

Y la sensación, diferenciada en millonésimas de tragedias, cuando pisé la entrada de la exposición y vi el gran letrero, los dibujos reposando entre los cuadros y los nombres de éstos, tratando de contextualizarnos, no me dejó ver más que una diminuta parte de lo que vivieron estos niños, quienes de nombre en nombre desaparecen entre sus gráficos, entre la historia; a excepción de unos pocos que sintieron la libertad en vida, y que logran sacar una sonrisa de tristeza y una sensación de alivio al permitirme leer, el allí invaluable verbo en pasado que les dio un mejor futuro: sobrevivió.

Terezín, el gueto modelo, situado a 60 km de la ciudad de Praga, fue testigo de más de 150.000 prisioneros que pasaban por allí, y hospedó las historias de más de 50.000 judíos, entre los cuales hubo artistas que dejaron huella en esta ciudad checoslovaca, pues funcionó como cárcel de multitud de actores, escritores, bailarines, músicos, artistas visuales, compositores y dramaturgos. Sirvió de entretenimiento para los nazis y además como propuesta educativa para los niños del gueto, quienes una vez prohibida la escuela, tuvieron que optar por refugiarse en los saberes de aquellos conocedores que se proponían a brindar sus conocimientos a estos pequeños e inocentes prisioneros.

Tal fue el caso de la artista Fredericke «Friedl» Dicker-Brandeis, quien a la edad de 44 años, recibió una orden de deportación en la ciudad de Hronov, que hizo que el 17 de diciembre de 1942 fuera enviada junto con su marido Pravel Brandeis, a Terezín. En medio de la tragedia, Friedl, se convirtió en la maestra de cientos de niños y niñas, a quienes les enseñó a dibujar en clases clandestinas, con el fin de ayudarles a restablecer su mundo interior, haciendo que canalizaran sus emociones por medio de la expresión artística. Fue así como nacieron los 4.500 dibujos de los niños de Terezín.

Exposición de sueños y tristeza


"Guerra" de Jiří Metzl. Foto: Archivo de Asocheca

El silencio se posa sobre la sala de exposición, las miradas de los visitantes penetran de un cuadro a otro. Unos abren los ojos, otros la boca, algunas formas de extrañarse y sorprenderse son raras, pero cualquier movimiento o gesto, termina siendo el mismo resultado: el asombro de la valentía de unos niños, que a corta edad, tomaron un lápiz, dibujaron sus celdas (cuartos), plasmaron sus sueños y permitieron a sus emociones expresarse entre las figuras de las armas, los guardias y sus compañeros.

Un paso tras el otro y los casi inaudibles suspiros de las personas ambientaban la exposición. “Vea, que triste”, “¡wow!”, “pobrecitos”, entre otras frases y palabras a medias, se escabullaban las emociones en la impresión de los dibujos, a lo largo de la exposición, por entre los referentes y el sinsabor de una guerra que dejó sueños destruidos, familias rotas y cadáveres de diferentes edades. Una exposición con olor a recuerdos, miedo y arte. Ni garabatos ni formas ni dibujos, sino fuertes sentimientos en su máxima expresión artística.

Así como estos pequeños artistas, Friedl también murió. Una víctima más entre las miles del nazismo. Su esposo Pravel fue trasladado a Auschwitz en septiembre de 1944. Y en busca de reunirse con él, ella fue trasladada voluntariamente en compañía de varios de sus estudiantes. 4.500 dibujos guardados en dos maletas, fueron el legado que dejó aquella maestra antes de partir. Su último trazo fue en Terezín, con su legado como maestra.

En medio del campo de concentración Auschwitz-Bikernau, el 9 de octubre de 1944, la vida de Friedl se difuminó en sus últimos suspiros. Su muerte dio libertad al legado de su historia, pues dejó en el recuerdo de la guerra, los trazos de decenas de sonrisas, los cuales dibujó no como artista, sino como la maestra que les brindó a los niños de Terezín, la libertad hecha lápiz y papel.


"La ubicación de las niñas antes de la visita de la comisión de la Cruz Roja Internacional" de Helga Weissová. Foto: Archivo de Asocheca

Aviones pasando sobre la ciudad, un hombre con arma y un hombre con estrella, el interior de la casa de los niños, el cerrojo

divisor de la sección de los prisioneros de la administración nazi en el ghetto, el patio en el ghetto, un tren en un paisaje nocturno, una familia deportada por un hombre armado, el campo para juego de niños con el letrero “prohibida la entrada a los judíos”, el miedo, la enseñanza en la casa de los niños, entre otros, son los nombres de los dibujos, de los sentimientos de aquellos niños que vieron en el arte la manera de ser escuchados y plasmar desde el corazón, lo que a su corta edad vivían: la guerra y el miedo.

Pasé los dibujos, aprecié los nombres del arte en checo, y los nombres de los pequeños artistas, y difuminé mi imaginación en medio del campo de batalla emocional que enfrentaba al mirar cada obra. Una batalla de sensaciones que al igual sentían otros visitantes, a quienes los gritos del arte les produjo un ligero cauce de tristeza en su penetrante mirada. Separados por el gran espacio blanco y el silencio sensato de la sala, se pudieron apreciar unos poemas escritos por ellos. Palabra tras palabra, se remordía la inquietante sensación de percibir el pasado, su historia. Frases que cortan el presente y transportan al lugar, aquel triste y gris, que fue pintado verídicamente en medio de los textos y por medio de las figuras.

LA ESPERA

El viento canta en las copas de los árboles

esta hermosa canción llena de anhelos:

queremos ir a casa, sólo a casa

y el tiempo pasa tan lento

cuando esperamos que se cumplan nuestros fervientes deseos

y … quizá esperaremos hasta fallecer.

Cuándo termina esta vida llena de penas y lamentos,

¿viviremos todavía algunos años felices?

No hay respuesta y de nuevo la espera infinita.

¡Quizá dentro de un año, dentro de un mes, quizá mañana

y a pesar de todo alguna vez será!

¿Será una hermosa mañana

y entonces volveremos de nuevo a vivir?

“IRIS”

Autor desconocido

ČEKÁNÍ

Vítr zpívá v korunách stromů

Tu smutnou píseň plnou touhy:

Chceme domů, jen domů

a ten čas je tak dlouhý,

kdy čekáme na splnění našeho vroucího přání

a ...snad tak budem čekat do skonání.

Kdy skončí se tento život plný útrap a běd,

Zažijem ještě několik šťastnějších let?

Nikde odpověď a zase čekání bez konce.

Snad za rok, za měsíc, snad zítra

a přece jednou to musí být!

Bude to jednoho krásného jitra

a pak začnem znovu žÍt!

“IRIS”

Neznámý autor

Alrededor de 660 pequeños artistas, de los cuales 550 fueron asesinados en el holocausto. Sus memorias quedaron en medio de los fuertes trazados y las finas líneas que dan forma a los dibujos. Al terminar la guerra, los dibujos fueron entregados a la comunidad judía de Praga, y pasaron a formar parte de la colección del Museo Judío. La prueba indeleble de aquella barbarie conocida como la Segunda Guerra Mundial, desde la mirada de los pequeños inocentes.


"Baile en la noche" de Anita Spitzová. Foto: Archivo de Asocheca

La visita por los recuerdos de una guerra terminó con la piel erizada, la zozobra de los hechos, la pregunta sobre sus vidas, el sin sabor de la incertidumbre sobre el por qué de sus vivencias, sobre la gran diferencia de infancia que vivieron los niños judíos, quienes fueron investidos en el miedo y el horror.

Una infancia que vivió de la esperanza y de los sueños, que les permitió ser libres a través de sus dibujos, de su realidad, de la expresión más sincera de sus sentimientos. La historia universal quedó plasmada con el arte de unos pequeños, que buscaban un futuro que les fue arrebatado por la ideología del terror.


 
 
 

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