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Parada San Bernardo


Una mañana fría mientras la lluvia golpeaba el techo de mi casa, la alarma rugía y la cobija me apretaba cada vez más; tuve que luchar contra los demonios de la pereza y despertar las fuerzas del amor por rodar, para levantarme de la cama y poner en marcha el reto que tenía conmigo misma. Además, el compromiso con Juliana, mi vieja amiga de colegio, de vernos a las 7:00 am, para llegar juntas al parque de El Salado y emprender una travesía hacia el pintoresco corregimiento de San Bernardo.

En mi afán por llegar a tiempo, alisté el banano y sin pensarlo dos veces deje que la ducha acabara con mi somnolencia. El día anterior lavé la bicicleta y la llevé a mantenimiento. Don Julián, el señor de la bicicletería de mi barrio, engrasó la cadena y revisó si los neumáticos necesitaban aire. Era mi primer ciclopaseo rural, en mi vida solo había pedaleado por mi ciudad; ya me había pinchando varias veces, lo que menos quería era que me sucediera eso estando tan lejos.

La princesa era roja, grande y liviana. No era mía sino de mi papá y en ella me he entrenado por la musical, dado que mi bicicleta de la infancia, ya era muy pequeña para mí. Aunque no tengo uniforme, ni zapatillas de ciclismo o gafas deportivas: hay pasión, ganas, bicicleta y un casco… suficiente para enfrentar aquel reto.

La hora de salir

Aproveché la cuesta donde está ubicada mi casa, para tomar velocidad y llegar a tiempo a la avenida Ambalá con 69 donde encontraría a Juliana. Ella venía llena de energía en su bicicleta gris de montaña, con su uniforme rosa y blanco que contrastaba con su piel morena. Al instante tomamos rumbo hacia el Parque El Salado. Ella también es nueva en esto, no entrena mucho pero el gusto por rodar le sobra.

Al llegar al parque, estábamos muy ansiosas, había en realidad demasiados ciclistas, algunos con ropa deportiva común (como yo) y muchos uniformados: individualmente o en grupo. Personas de todas las edades y todos los tipos de cuerpo; la afición por el pedal no conoce de géneros, apariencias o clases sociales.

Aquella travesía fue convocada por Bicibague, una comunidad que le apuesta al turismo ambiental, a través experiencias entorno a la cultura de la bicicleta. Su objetivo es brindar productos turísticos que motiven la sostenibilidad ambiental y motivar a la personas a practicar deportes extremos.

En esa ocasión el atractivo turístico, fue San Bernardo, un corregimiento ubicado a 12,6km de la ciudad de Ibagué-Tolima. Fue elegido esta vez, porque por esos días se encontraba de ferias y fiestas. Para llegar allí, se debe tomar la vía terciaria comprendida entre el barrio Salado y la vereda La Flor.

La seguridad de los ciclistas estaba garantizada por parte del Bici-cuadrante, un escuadrón para proteger a los que andamos en cicla por Ibagué. Fue creado en agosto de 2016 y está conformado por 14 policías en bicicleta que tienen como objetivo, realizar actividades de vigilancia y seguridad para los aficionados del ciclismo. Ya se tenía asegurado refrigerio, hidratación, asistencia mecánica y cubrimiento fotográfico para evitar las peligrosas selfies mientras íbamos rodando. Lo mejor, todo gratis.

Los consejos de seguridad por parte de Giovanny Varón, Co-fundador de Bici Ibagué no faltaron: uso de casco, no alejarse del grupo, caramañola bien cargada, y toda la actitud para emprender la ruta.

¡Listos para zarpar!

Yo empecé constante pero lento, mientras Juliana le puso toda la energía al inicio. El día lucía de maravilla, el sol aún no salía, la lluvia ya había cesado y la frescura del ambiente, era realmente cómoda si de pedalear se trata. Hubo un tramo plano bastante largo, hasta ahora todo parecía sencillo, hasta que !Vaya! una pendiente se avecinó, la ruta por el momento aún tenía pavimento. A medida que rodábamos, los demás ciclistas se alejaron poco a poco de nosotras, nuestra cadencia no era igual a la de ellos, pero a toda costa terminaríamos en Parque San Bernardo.

En un punto de la ruta, una mujer en moto apoyaba a quien quizá era su hija. Lo peculiar fue que luego de unos minutos de estar observándolas, la chica descendió de la cicla y cambió con la mujer de la moto; ellas si tenían el secreto para subir, se turnaban entre ellas. Situaciones que amenizaron el trayecto desconocido por donde íbamos pedaleando.

Aunque yo había preguntado a mi padre qué era San Bernardo y qué tan lejos estaba, tanto para mí como para Juliana, era un territorio desconocido, lo único que sabíamos era que en algún momento, el pavimento nos diría adiós y sería la hora de enfrentarnos a la trocha.

Por momentos Juliana quería desfallecer. Su frente parecía llorar y su respiración estaba sacudida por la revolución de las pendientes. Yo no podría negar que esto cada vez se tornaba más difícil, además no sabía si estábamos cerca a la meta, la única solución era ‘’dar biela’’ (pedalear) hasta encontrar señales, que indicaran: Bienvenidos a San Bernardo.

La tarea era alentar a mi amiga, a fin de cuentas había sido mi idea, así que traté de buscar palabras para darle ánimo:

− ¡Mire esa finca! se llama El Paraíso, ya vamos llegando… Lo anterior fue el purgatorio− ella torció sus ojos y siguió.

Mi plan fue alejar la mente de la meta. Aparté mis ojos del final de las subidas, y mejor disfruté del paisaje tan agradable de aquella ruta y del olor a tierra mojada. El camino a San Bernardo es un espacio contrario a lo urbano, goza de casas coloridas que guardan distancia unas con otras, que quienes las habitan saludan, y hasta echan porras a los ciclistas (en la ciudad echan el carro, en ocasiones).

La intención que tenía de olvidar la meta, y desentenderme de las subidas, fue una estrategia que a mí me funcionó. La mente sumida en otros detalles, provocó que las piernas respondieran por inercia. Además, no detenerse a mirar el paisaje debe estar prohibido, tanto así que en una zona del camino, la fisgona naturaleza tiene un amplio mirador para divisar la ciudad Tolimense.

Juliana pidió detenernos por unos minutos, así que aproveché que había una tienda, fui por bocadillos pero conseguí chocolate. Ninguna sabía a ciencia cierta cuánto faltaba, hasta que un colorido pendón tenía, las letras de la gloria que tanto buscábamos ‘’San Bernardo ferias y fiestas’’ y una flecha que indicaba el camino diestro. Desde ahí pedaleamos cinco minutos más, una eternidad puesto que luego del aviso esperábamos encontrar el parque al instante.

La llegada a San Bernardo


Fotografía por Bicibague

Quizá fuimos las últimas o llegamos entre los últimos, pero mi orgullo era más grande que el de todos aquellos ciclistas juntos y mi alegría nadie la igualaba. Caminamos por el parque y fueron notorias las diferencias entre lo urbano y lo rural. La tranquilad reinaba y los arboles arrullaban a los visitantes con su brisa.

El olor de la panela invadía las narices de los asistentes, porque este es un alimento que brinda sustento a muchas de las familias que habitan San Bernardo. En el parque, el sonido de los pájaros pasó a un segundo plano, por los gritos y las risas juguetonas de los niños que habitan San Bernardo

Foto va foto viene, mientras que a las 11:00am, el sol ya estaba haciendo de las suyas. Algunos deportista disfrutaron de un baño en las cascadas, otros bebieron cervezas, varios más preferían un café campesino o un granizado de caña. Entre tanto, los comerciantes de los puestos de comida que rodean el parque aprovechaban para ofrecer sus productos hechos de panela.


Fotografía por Bicibague en Parque San Bernardo.  De frente Juliana; de espalda Paula, quien narra esta historia.

Después, nos sentamos un rato en una tienda y decidimos regresar a eso de las 12:30pm. Entre tramos Juliana se bajó a empujar la bicicleta, yo la acompañaba pedaleando muy lento. Luego, apareció lo que Juliana llamó un ''ángel’', era un señor llamado José con bicicleta de montaña y uniforme bien portado. Le echó porras y la alentó a subirse. Un hombre muy solidario que por instantes la impulsaba, poniendo sus manos en la espalda de mi amiga, como un padre que ayuda a su pequeña.

José comentó que tenía un grupo para rodar y se comunicaban por chat para los encuentros. Muchos de los Ibaguereños que empiezan a implementar el uso de la bicicleta, tienen como itinerario algunas rutas principales. Por la vía al Salado se encuentra La Flor (8,22km), San Bernardo (12,6km), Chucuní, La mina y el Colegio. Por el cañón del Combeima están El silencio (27,5km), Juntas (19,5 km), Villa Restrepo (13,6 km) y Truchas (7.48km). La favorita de José es Montañita, ubicada vía el Totumo.


Fotografía por Bicibague.  De izquierda a derecha Juliana, Paula y José.

Juliana en agradecimiento con él, le convidó un jugo de caña justo cuando llegamos al salado. Aquel lugar de encuentro para rodar, también fue el de despedida para José. Mientras a Juliana y a mi nos quedaba aún camino por recorrer, el sol no tuvo piedad con nadie y la helada mañana de aquel día, solo existía en nuestras memorias.

Finalmente, nos despedimos en la misma avenida Ambalá con 69, donde nos habíamos encontrado. Cuando llegué a casa, mi satisfacción era incalculable, sentía las piernas quebradas, la pasión por rodar enorme y el corazón mucho más rojo que la bicicleta testigo de aquel reto.


 
 
 

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