Perdonen las molestias, estamos jugando
- ADRIANA MILENA TORRES PORTELA
- 14 mar 2023
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 29 mar 2023

Los niños son la base de toda sociedad, de ellos dependen los grandes cambios que enmarcan el futuro de la humanidad. Desde el año cero descubren el mundo que los rodea y adquieren experiencias determinantes para otras etapas de su vida.
De tal manera, es fundamental concebir, proyectar y hacer posible una sociedad que piense espacios adecuados para el desarrollo cognitivo, físico y psicológico, permitiendo a los niños y niñas la exploración de sus inteligencias y la independencia necesaria para afrontar la vida.
En ello, los contextos urbanos juegan un papel de suma importancia. Pensar el urbanismo alrededor de los niños implica construir lugares que incluyan a las personas de la tercera edad, en condición de discapacidad y a toda población que hasta el momento no tiene la posibilidad de encontrar en su ciudad condiciones dignas en infraestructura y accesibilidad.
Lo anterior sugiere plantearnos si Ibagué es, o no, una ciudad pensada en los niños y las niñas ¿Qué opinan ellos al respecto?
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El juego es una actividad fundamental en el desarrollo de toda persona. Para los niños en particular, el juego representa creatividad y expresión que permiten potenciar su imaginación, explorar el medio ambiente y manifestar su visión del mundo. Gabriela, de 6 años, Eliana y Matías, de 9 años cada uno, habitantes de distintas comunas de Ibagué comparten sus impresiones en torno a la ciudad como un espacio de juego:
Todos coinciden en que los vehículos son el principal inconveniente al momento de realizar actividades de juego fuera de casa “no se puede jugar con facilidad porque pasan muchos carros y pueden ocasionar un accidente”. Un argumento que merece atención y que en el plano internacional ya es tema de discusión en lo que refiere a la relación entre las ciudades y los niños.
“Las ciudades se han adaptado más a las exigencias de los coches que a las de las personas; por eso, se han convertido en lugares peligrosos e inhóspitos”, expresa el pensador y psicopedagogo Francesco Tonucci.
Al transitar por la Carrera Quinta, por el centro o cualquiera de las avenidas principales, se puede constatar la carencia de zonas peatonales. Según datos del Departamento Nacional de Planeación, el índice de espacio público en Ibagué es de 1,2 m2, un promedio que está muy por debajo del recomendado, 15 m2 por persona.

Para Tonucci la demagogia en el espacio público tiene una explicación y es que la administración territorial ha elegido al varón, adulto y trabajador como ciudadano prototipo, adaptando las ciudades a sus exigencias garantizando el consentimiento electoral del “ciudadano fuerte”. En ese sentido, la ciudad pensada ante la perspectiva del hombre adulto trabajador excluye a otros grupos de personas por su rol social, condición económica y cultural.
Pero, ¿Qué perspectiva de ciudad relatan y viven los más pequeños? Alany es una niña de siete años que pertenece a la comunidad sorda de Ibagué, comparte qué aspectos le gustan y le disgustan del barrio La Castellana ubicado en la Comuna 10:
Alany expresa su inconformidad con respecto a los desechos en una cerca de plantas. Seguramente para cualquier adulto hubiese pasado desapercibida la basura en medio de los arbustos, pero para ella se encontraba a la vista. Esto deja claro que los niños perciben y viven la ciudad a una altura distinta, con lo cual su perspectiva y relación con los espacios es mucho más amplia.
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Para Félix Martínez, profesor de la Universidad del Tolima y experto en estudios urbanos, comprender el urbanismo desde el punto de vista de los niños y niñas implica entender que la ciudad se presenta ante ellos y ellas como un “territorio agreste”.
Si bien los niños son una población referenciada en los planes de ordenamiento territorial, no tienen un espacio amplio dentro de la ciudad y, para Martínez, esto se debe a que: “el urbanismo se hace desde los planos y no desde las calles”. En consecuencia, es necesario observar y diseñar la ciudad desde el punto de vista de quienes tienen dificultades para transitarla.
Y, ¿de qué manera podrían participar y tener espacio los niños y niñas en la planificación de las ciudades? En el contexto global existen algunos referentes que pueden incidir en otros países.
“Los niños tienen derecho a expresar su opinión cada vez que se tomen decisiones que les afectan, y que su opinión debe tenerse en cuenta de manera adecuada”. Artículo 12 de la Convención ONU de los Derechos del Niño de 1989.
De esta consigna nace la figura del Consejo de los Niños, espacios en los que los menores se convierten en un grupo de trabajo que comparte a la administración local ideas y consejos en los que plasman un punto de vista diferente, a menudo, alternativo sobre las ciudades. Existe en Italia el Consejo de los niños de Roma, en Argentina el Consejo de los niños de Rosario y en España el Consejo Estatal de Participación Infancia y Adolescencia.

Un ejemplo en el contexto latinoamericano son las propuestas que realizaron los niños en Buenos Aires. En ellas se incluían, entre otras, las siguientes peticiones y afirmaciones:
Los parques tienen todos el mismo nivel y uno no puede esconderse.
Queremos juegos para trepar; nos gusta trepar, porque podemos ver desde lo más alto y eso es divertido.
Los adultos hacen siempre juegos iguales en todas las plazas, y no tiene gracia, porque es como ver la misma película todo el tiempo y no hay sorpresas.
Además de seguridad, queremos alegría.
Propuestas que demuestran que los niños y niñas tienen en sus palabras, en sus dibujos y sus pensamientos la poesía necesaria para generar ideas que pueden cambiar sustancial y positivamente el lugar en el que vivimos.
Pese a que Ibagué es una ciudad en la que existen espacios para los menores, el conjunto de sus políticas públicas alrededor del plan de ordenamiento territorial, diseños urbanos y planificación no reúne los elementos para afirmar que es una ciudad pensada en los niños y niñas. Y no lo es porque es una ciudad que no consulta a los más pequeños sobre sus desarrollos y necesidades.
Pero si se empiezan a tener en cuenta sus exigencias, estas se convertirán en la materialización de una ciudad que respeta la palabra y el juego de los niños y las niñas, tal vez, en un futuro ojalá no muy lejano en la Capital musical de Colombia los aventureros y aventureras que son la verdad con la cara sucia y la esperanza con una patineta en los pies, podrán cantar más canciones caminando por las calles y las plazas. Ya no tendrán que decir “perdonen las molestias, estamos jugando”.














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