Paraíso X
- Pa´la gente

- 6 nov 2017
- 7 Min. de lectura
Encuentro

Eran alrededor de las 10 de la noche mientras regresaba a casa después de uno de esos días pesados, quebrados, eternos. Había un viento rápido y constante, un cielo lleno de nubes grises y sepias, una lluvia muy fuerte iba a descargarse del firmamento en poco tiempo. Frecuento usar una ruta de autobuses para llegar, que, aunque muy tedioso y tardío, me deja siempre en un lugar seguro, casi frente a mi morada.
Me levanté de mi asiento para dirigirme hacia el final del pasillo del bus a timbrar para que el conductor se detuviera, observé de arriba abajo la avenida como de costumbre para asegurarme de que todo estuviera en orden antes de descender de la sensación de seguridad que el transporte público suele brindarme.
Al pisar el rígido y oscuro asfalto noté una silueta humanizada al fondo de la calle, intentado alimentarse de un recipiente desechable, con el que, los restaurantes acostumbras a repartir su sobras. Causó en mi un escalofrío intenso, como si fuese yo el que estuviera en esas situación, el aire helado entró hasta mis huesos y casi automáticamente y con pasos rápidos e incesantes, me dirigí al portón a abrir la puerta, no olvidé ese personaje, debo admitir que causó en mi un poco de culpa y remordimiento, a pesar de eso, decidí ir a dormir, no pensé mucho en esas situación antes de caer como una piedra en mi cama, como habitualmente lo hago.
Esa noche fue un tifón de sueños extraños, largos y retorcidos, me levanté y aunque habiendo dormido más de 9 horas me sentía cansado y confundido, el ambiente alrededor de mi hogar cambió, el sol brillaba con mucha intensidad, hacía un calor que me impedía respirar cómodo, insoportable. las nubes parecían estar observando al sol, inmóviles a la redonda, inmensas y blancas, intenté buscar un poco de estabilidad, un espacio a gusto, así que caminé por las escaleras que llevan a el lugar más alto que mi casa podía darme, mi terraza, encendí con una caja desbaratada de fósforos un cigarrillo mientras observaba decenas de cabezas caminando en diferentes direcciones, confiadas, impasibles, muchos mundos alternos ahogados cada uno por sus obligaciones.
Salí de casa casi al caer el sol, con una pequeña bolsa de panes y un refresco de naranja re envasado en un recipiente plástico, pensé muchas veces en la posibilidad de no asistir a la cita que había programado unos días antes, y a la que mi anfitrión contestó- búsqueme en el parque mono por la tarde que yo le colaboro- como si fuese un monumento estático, dándome a entender que no tenía mucho que contarme. Me sentía nervioso e indeciso, pero a pesar de ello decidí ir a buscarle como él me lo había indicado.
Al llegar al lugar de muy mala reputación, un parque en estado de abandono, con un olor a letrina, casi sentía la mierda en mi boca, rodeado de prostíbulos, en los que hombres vestidos de negro , con portes de gorila custodiaban la entrada como si de un castillo se tratase, cuidando a sus princesas, y pensiones que bien calificadas se llevarían menos seis estrellas, lancé miradas a todos los sitios que pude, pero no logré verle, así que caminé muy despacio a través de los senderos que había entre los arboles barbados y canosos del espacio. Observé minuciosamente cada transeúnte; habían pasado cerca de unos 5 minutos hasta que encontré a mi personaje, sentí un alivio que me sorprendió, como si estuviera viendo un salvador, de cierto modo me generaba confianza, así que me acerqué a saludarle.
Vidas del delirio
Él se encontraba sentado en un pequeño muro que limitaba una fuente en forma de coliseo, al parecer no había funcionado en muchos abriles. A pesar del intenso sol, tenía puesto un abrigo de jean, que parecía de gigante, y un sombrero de ala corta, que gracias a sus numerosos agujeros podía notar sus sucios alborotados cabellos que salían como una enredadera en busca de espacio habitable. Levanté mi cabeza con la intención de saludarle, aprovechando que me había visto, y él me respondió con una voz aguda, amenazante- que hubo socio-, me acerqué, me senté a su lado. Sus ojos eran oscuros cual carbón, sus ojeras reflejaban noches de insomnio calculadas en meses, y sus mejillas cóncavas hacia adentro, hacían que las curvas de los huesos en sus pómulos destacaran su aspecto calavereo. Le pregunté que como estaba, a lo que respondió rápidamente, casi sin dejarme terminar que ahí iba, comentándome que estaba duro el reciclaje por esos días, que había pasado varias veces por negocios en los que acostumbran regalarle cartón, ese tipo de cosas que como me aseguraba, le permiten subsistir.

- ¿Cuál es su nombre? - fueron las palabras que salieron de mi boca después de unos segundos de mutuo silencio.
-Dígame Crosti- respondió enseñando una dentadura incompleta y amarillenta.
Me presenté diciéndole que me llamaba Sebastián, y que, le agradecía mucho por ayudarme, entregándole la bolsa de panes con refresco, los tomó enseguida y comenzó a comerlos en ese mismo instante, le pedí que me contara un poco de su niñez, su edad, y el tiempo que llevaba de consumo.
Con su boca llena, comenzó diciéndome que tenía 34 años, aunque parecía tener más edad, que no era de acá, que era Huilense, que todo comenzó cuando él tenía ocho años, su madre había muerto cuando tenía tres años, dejando a su padre con seis hijos siendo él el menor; escapaba del colegio para ir al río a jugar, lugar en el que por primera vez había probado la gasolina. Le pregunté entonces que cómo se consumía, abrió sus ojos hasta el tope y después de una fuerte inhalada me respondió que así, concluyendo con que después, frecuentó mucho este sitio y probó la marihuana a la corta edad de nueve años, - después dejé el colegio porque creía que me las sabía todas- fue la frase que soltó justo después de haber terminado los panes que le había dado.
Se levantó y me preguntó si quería acompañarlo, que él me seguiría contando su historia, le dije que por supuesto, y mientras me señalaba el camino, no paraba de relatar, así que a travesamos el parque.
-Me fui convirtiendo en una ratica- esto me dijo después de haberle preguntado qué pasó al haber abandonado su educación.
Hotel paraíso
-Consumí muchas drogas, pegante, bazuco, pepas, perico y eso me llevó a la delincuencia- respondió mirando fijamente el camino, y cambiándome el tema, -ya faltan dos cuadras-. Nos dirigimos a la cuadra trasera de la estación de bomberos y un supermercado reconocido a nivel multinacional. A pesar de su ubicación, el lugar era un callejón, que albergaba humanos, carentes de alma, de esencia, personas que en sus ojos y en sus diálogos demuestran que, aunque su cuerpo esté ahí, su cabeza está viajando a constelaciones, tiempos y lugares muy distante, tanto así que este lugar donde supongo acostumbran a estar, parecía más bien un retrete comunal, que una olla que distribuye alrededor de 7 millones de pesos diarios.

Cruzamos toda la calle y mientras me decía que no me despegara de su lado, llegamos a un hotel de 3 pisos, de baldosas verdes, sucias. En mi mente agradecía bastante el hecho de no haber llevado nada, y de intentar, aunque creo que no lo logré, pasar desapercibido en mi vestimenta. Me dijo que no mirara a nadie, que no hablara con nadie, que no hiciera preguntas allá adentro, que ni siquiera intentara hablar con él, le respondí con un gesto de afirmación e ingresamos. Un pasillo que parecía ser eterno fue lo primero que observé, sentí que estaba entrando a la boca de un caimán, en la casa de un tiburón, el hotel tenía tres olores muy penetrantes, a cigarrillo, a marihuana, y un olor a plástico quemado combinado con dulce, que según Crosti es el olor que deja el bazuco después de ser calcinado.
Una mujer de piel morena, contextura gruesa y unas trenzas en la cabeza apareció detrás de lo que parecía ser una recepción, saludando a Crosti con confianza, con una mirada seria se quedó observándome por unos segundos, yo quedé inmóvil y cambié la dirección en la que estaba mi cara, intentando evitar cualquier cosa. Crosti, entregó a la mujer un billete de 5mil pesos, a lo que ella inmediatamente responde entregándole una diminuta bolsa de un polvo amarillento, sin pronunciar ninguna palabra salimos en seguida del hotel.
Le pregunté a crosti mientras caminábamos de regreso al parque, - ¿Qué era ese lugar? –
-Si usted paga 6 lucas que vale la habitación puede meterse ahí con las personas que quiera, y le dan unas bichas para que fume y piche, a más de uno le toca darle culo al otro por una papeleta, porque si usted no fuma en mucho tiempo le dan mareos, se enferma, es una rumba permanente - respondió él con una voz en la que percibí cierta ansiedad.
Llegamos al parque, nos sentamos a unos metros de donde nos encontramos y me consultó si podía fumar, que, si no me incomodaba, le respondí que no había problema, antes de que terminara de sentarme ya tenía en sus manos un instrumento, que parecía ser una tapa rodeada de papel aluminio, sonrió y depositando una cantidad medida del polvo, en la tapa y con una felicidad jovial mencionó una analogía muy graciosa, - el mismísimo nevado del Ruiz vea -.con una de sus manos tomó su pipa, la caja de fósforos que yo llevaba, que decidí obsequiarle y en la otra mano un fósforo que encendió enseguida contra la caja y con una inhalada, su rostro cambió, y me dijo – esto es una tragicomedia, por cada risa son diez lagrimas- . Concluí con preguntarle dónde se encontraba su padre a lo que me respondió -está en el Casanare buscando el paraíso-, mientras señalaba su pipa- y yo lo tengo acá-.



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