La nostalgia del olvido.
- Pa´la gente

- 5 jun 2018
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Bajo el lodo, el concreto y las pisadas de los turistas que buscan insaciablemente la mejor foto, con el mejor ángulo y su mejor pose, están sepultados la lucha y sueños de más de 12.000 armeritas que en la noche del 13 de noviembre de 1985, perecieron entre las ruinas de los que se llevó el volcán.
Una noche que transcurría tranquila, con el eco del correr de los niños por las calles, el sonido iracundo de los grillos y el lejano pero incesante estremecer del Río Lagunilla, que se acercaba como guerrero empoderado buscando una colonia que destruir.
Los años han transcurrido y el tiempo se ha escapado como las hojas que caen en los atardeceres de otoño, el intenso sonar del reloj de la pared: ¡Tic- tac, tic-tac! como muestra fiel de que el tiempo que se va, nunca más regresa. 30 años luego, el correr de las horas pasa su factura silenciando murmullos y apaciguando respiros, un cruce interminable de anécdotas y dudas que replican continuamente el mismo interrogante ¿qué pasó con los sobrevivientes de Armero?
Las plantas se ven crecer por entre las grietas de la iglesia, o bueno, lo que quedó de ella, el monumento al papa en el parque principal se ve desgastado sobre las miles de piedras diminutas que lo rodean, quizás en representación de los innumerables sueños que quedaron allí sepultados, bajo piedras, bajo cortos suspiros, un suspiro de auxilio o quizás un suspiro de no al olvido. Hoy el verde acobija y camufla como camaleón el recuerdo de quienes ya no están y la memoria de quienes aún viven, espectadores que reviven en su mente los agotantes segundos, los ansiosos pero tardíos minutos y la constante suplica de auxilio de cientos de "Omairas"

33 años después, 12.000 víctimas luego, cientos de niños desaparecidos en espera y un centenar de familias desprotegidas por el estado, por la historia, por el olvido, un nuevo hogar, un grito de visibilidad, memoria y recuerdo, una posibilidad de recomenzar, un imaginario que meses después empezó a materializarse, un nuevo comienzo, un "Nuevo Armero" pero ¿fue así?
Armero en Ibagué
"Nuevo Armero" es ahora el nombre del barrio que se fundó en la ciudad de Ibagué en honor y ayuda a los sobrevivientes de una de las tragedias más grandes registradas en Colombia, una tragedia que humanizó a todo un país, pero que tal sentimiento se fue desgastando como la vieja pintura que aún cubre algunas edificaciones que siguen en pie. Un recuerdo que se va cayendo como los pétalos de rosa que anualmente tiran sobre el campo santo, un trasegar de sucesos que priorizan a las víctimas, pero invisibilizan a los sobrevivientes, a sus historias, sus pérdidas y su lucha por un nuevo pero difícil comienzo.
Entre pequeños y estrechos sendero de Nuevo Armero se ven caminar a niños y jóvenes que cuentan la historia de la "Ciudad blanca" tal y como se las narraron sus abuelos en esas noches de cuentos e historias fantásticas, una cronología diferente, un personaje distinto y una historia que es de ellos, es de todos.
El perro que ladra, la porcelana que se rompe y el bebé que llora, rutinas que día a día se ven y escuchan pero que poco importan, así fue la importancia que se les dio a quienes "vivieron para contarlo", desde los niños que se desaparecieron y nunca más se supo de ellos, hasta las familias a quienes se les dio un lápiz y cuaderno como si con esto se pudiese suplir la necesidad de comer, vestir y dormir, tres acciones tan necesarios pero que a quienes debieron suponerlo para ese entonces, se les olvidó, un fenómeno de falta de conciencia, un olvido colectivo.

Del viejo Armero quedan las historias, en "Nuevo Armero" solo un par de abuelos que continúan narrándoles, construyendo memoria. Las viviendas que serían destinadas para las familias a quienes el Lagunilla les arrasó todo, terminaron en manos de un señor de corbata, o para la señora familiar de aquel señor de corbata, negra o azul, pero de corbata. Otras viviendas contaron con la fortuna de ser entregados para quienes fueron construidas, la mujer que perdió a sus dos hijos, el anciano que lleva en su rostro y cuerpos cicatrices que evidencia el golpe de la tragedia y la familia que llegó sin nada a la capital musical pero con todo a la vez, la oportunidad de seguir vivos y la esperanza de reiniciar.

Entre lo que aún caracteriza al viejo Armero está la imagen de la virgen del Carmen, una escultura que permaneció intacta durante los estragos de la avalancha y que fue puesta en "Nuevo Armero" como símbolo de esperanza. Después de tres décadas, son pocos los habitantes armeritas en este barrio, ya se les ve con la cabeza baja, las marcas del paso del tiempo se reflejan sobre sus frentes, su respiración se escucha un tanto más pausada y lenta, pero su memoria y manera de describir lo que fue su pueblo, sigue intacta. El olvido solo les queda a quienes no lo han vivido, a la señora que se toma una "selfie" junto al monumento de Omaira, a quienes convirtieron en negocio el homenaje anual que se les hace a la víctimas y a los que no sabían si quiera que existía un barrio llamado "Nuevo Armero", sitio que se conserva como un santuario para los sobrevivientes, pero para personas como usted o como yo, que se enteró por lo que vio o escuchó por ahí, "Nuevo Armero" sólo puede representar: Un nuevo olvido.




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