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“CON SANGRE SE PAGAN LAS TIERRAS AJENAS”


16 de mayo, era una tarde fría, caían lágrimas por sus mejillas antes de empezar la narración; las manos le sudaban, su respiración se agitó, la camisa parecía quedarle pequeña. Uriel tomó mi mano con gran fuerza, más que incomodidad sentía que le era muy doloroso recordar; después de un par de suspiros asintió queriendo dar inicio, bebió un sorbo de agua y empezó.

El día final

Todo inició 45 años atrás, Uriel jugaba con su hermano y sus primos como de costumbre; los hombres de la familia discutían con unos vecinos; él los recuerda como hombres altos, fuertes y de mirada aterradora. “Jamás jugábamos con sus hijos, era prohibido aún cuando tenían nuestra edad. Las discusiones giraban en torno a unas tierras, las tierras en las que vivíamos, nuestros vecinos eran hombres de negocios, siempre llegaban con cosas lujosas y en muy buenos carros. Era un día caluroso, el sol penetraba las más gruesas prendas; señales de lluvia, decía la abuela, o de tempestad, algo que entendí esa misma noche”.

La disputa de esa tarde finalizó con la frase de uno de esos hombres, frase que marcó su vida –“con sangre se pagan las tierras ajenas”.


Dijo que la tensión en la familia crecía debido a las palabras de aquel hombre, se respiraba inseguridad y miedo en las mujeres de la casa. "Ahora entiendo que esa ha sido una discusión constante en Colombia, las dichosas tierras ajenas".

Continuó relatando mientras la tarde iba cayendo; “nosotros los pequeños, de manera inocente, seguíamos jugando, comenzamos a resbalarnos por los cafetales, nuestras tierras eran hermosas, bastante productivas, por eso entendía el disgusto de mi vecino, cualquiera podría envidiar todo esto”.

Uriel tomó aire y frenó la historia, con una gran sonrisa agachó la cabeza y dijo – “En fin lo que es de uno es de uno, o eso pensaba yo”.

Buscó en su billetera una fotografía de su hermano, la tomo entre sus manos y continuó relatando: "eran las 5:00 de la tarde, el sol se convertía en grandes nubes llenas de agua, era lo mejor para un niño, jugar con el sol y vivir la lluvia. Ese domingo casi todos mis tíos se quedaron en casa, mis padres siempre eran felices con la familia reunida, hacían mucha comida y recodaban historias".

Al contarme la historia, su sonrisa se combinaba con lágrimas, cada vez que recordaba un suceso le pedía que parara, que tomara aire y se calmara, pero él continuaba, contando lo grande que era su casa y como allí se acomodaban todos, "la noche fue cayendo, el cansancio se notaba en los ojos de cada uno de nosotros, mi padre, con un gritó mandó a todos a descansar: - A dormir, que la noche es corta y mañana es largo el trabajo".

- 2:00 am, ¡Hora de pagar las tierras!

Uriel intentaba contar cada detalle mientras un nudo se atravesaba en su garganta haciéndolo parar a cada instante; “en casa el silencio fue irrumpido por el sonido de unos pasos, seguido de un disparo, disparo que iluminó la habitación, ¡Papá había muerto!; los disparos continuaron a quema ropa, mi hermano, mi prima y yo veíamos como cada familiar iba cayendo sin tener la mínima oportunidad de defenderse. Sara, mi prima, lloraba mientras mi hermano mayor la consolaba, le pedía que no hiciera ruido si quería vivir. Sé que suena cruel, pero solo de esa forma ella se calló”.


Con la mirada baja y las manos empuñadas se notaba la impotencia que sentía Uriel al recordar aquel momento; “sentía mucha rabia y esperaba que mi tío menor estuviera vivo y que mis abuelos no fueran a salir. Para mi mala suerte escuché un grito, la abuela nerviosa por la sangre salió corriendo hacia el patio, calló a mitad de la casa, abatida por un disparo”.

Fue una de los momentos más tristes de la historia para Uriel, su abuela era su nonita, la heroína de su vida, admiraba sus ganas de salir adelante, que no se varaba por nada; "en ese momento creía que eso solo nos pasaba a nosotros, no entendía por que los vecinos no nos ayudaban, pero ahora, han pasado 45 años y aún recuerdo cada detalle, ahora entiendo que las guerras por tierras y por egos eran pan de cada día en esa época, y que todos vivían con miedo".

Con su mirada al suelo continuó recordando: “Mi abuelo alcanzó a tomar una escopeta y fue a dispararle a uno de los hombres; que puntería la de mi abuelo”, con una sonrisa en su rostro, Uriel decía – “Que puntería, con un solo disparo entre ceja y ceja mató a uno de los hombres que causaron tanto dolor en mi vida. El valor de mi abuelo lo pagó con su vida, él fue el último en morir”.

Este suceso marco la vida de la familia Arias Osorio, Uriel y los que sobrevivieron de su familia vivieron algunos años con su tío Hernando, pero Miguel, el hermano mayor, se fue a los 13 años de casa; al sol de hoy Uriel aún no sabe si esas tierras eran de su familia y decidió no averiguarlo.

- Comprendí que mi hermano Miguel vivía lleno de rencor. Un día llamó al tío Hernando pidiendo que me pasara, me dijo que estaba aprendiendo a defenderse, que cuando volviera nada nos iba a suceder, la ingenuidad de mi hermano me hizo comprender que los colombianos nos quedamos en el pasado, sin pensar en nuestro futuro.


Calles de Manzanares

El último suspiro

De nuevo Uriel tomó mi mano mientras caía una lágrima tras otra sobre su mejilla, sus ojos transmitían los más duros sentimientos, me dijo que ya pronto terminaría, que este era el último suspiro.

- Mi hermano hace 6 años regresó al pueblo, a nuestras tierras, luego de tanto tiempo todo era más tranquilo en ese lugar, después de todo habían pasado varios años y las peleas de familia ya habían cobrado sus muertos. Yo ya tenía una vida hecha en Bogotá, tenía mi esposa y mis hijos; el miedo no me permitía volver a mi pueblo, pero Miguel pensaba que aprendiendo a defenderse se volvería inmune a las balas. No contaba con que el hijo mayor de nuestro antiguo vecino seguía con tanta rabia como él y dispuesto a matar a los nietos del asesino de su padre. Ese hombre siguió en el pueblo, se crió como mi hermano, junto al rencor.

Uriel se atrevió hace cinco años a volver a Manzanares - Caldas, su pueblo, fue a visitar a su hermano Miguel, esta visita dejaría una lágrima más en su vida. “Nos dirigimos juntos hacia el pueblo, una moto paró frente al carro, preguntó por mi hermano y antes de que él terminara de contestar descargaron en su cabeza hasta la última bala que había en el revólver, a mí solo me alcanzaron a rozar un hombro, no podía entender que pasaba, hasta que el asesino se despidió con la frase –“con sangre se pagan las tierras ajenas”.


 
 
 

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