Tiros del campo.
- Pa´la gente

- 25 jun 2018
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Son las 9:00 de la mañana, el frío del Cajamarca desaparece mientras los rayos del sol comienzan a colarse entre las nubes. La atmósfera en el polideportivo es deprimente. En las gradas sólo se hallan cinco personas, cada una sentada muy a parte de la otra. Los jugadores calientan en la cancha, esperando que lleguen más personas para verlos jugar. Allí, sobre un banco, está él, un campesino de rostro curtido por el sol y bañado por la lluvia. La brusquedad de su rostro parece impenetrable, sus grandes manos están marcadas por cicatrices y callos, acostumbradas ya al trabajo fuerte. El joven de 24 años, se amarra el tenis y se levanta, mira hacia la cancha, se lanza, ahí va, Alejandro Lozano.
El equipo en el que juega Alejandro es el de la vereda La Plata Montebello, - Para cada campeonato veredal que sacan, nos reunimos los vecinos que vivimos más cerca, se hace un bazar en el que se arma el partido, allá miramos quiénes son los mejores y armamos nuestro equipo para el campeonato municipal”. - Hoy se enfrentan a la vereda Potosí. Hombres bajos pero de contextura gruesa, con las mejillas rojas por los golpes del frío y piernas fuertes trabajadas por el pastoreo de ganado.
9:30, el viento helado de la montaña desplazó las nubes del cielo, el sol ahora brilla con fuerza, los asistentes empiezan a llenar las gradas y los jugadores están listos en la cancha para tomar la pelota, iniciar la batalla de once contra once y descargar toda su energía sobre el pavimento para ganar la lucha por medio de goles. “Cuando está jugando fútbol uno, está haciendo lo que le gusta hacer, salir a la cancha es sentir pasión, felicidad. Entonces uno lo hace con todas las ganas si quiere hacerlo bien. Es algo bacano que no sé ni cómo decirlo”.

Desde muy pequeño, Alejandro se inclinó por el deporte. Aparte de jugar al fútbol, también le ha fascinado el moto cross, lo dicen los tres premios que su madre guarda con orgullo en su casa, “a mi muchacho siempre le han gustado tres cosas, el fútbol, las motos y las mujeres, pero sabe que para salir con buenas muchachas se las tiene que ganar siendo el mejor en lo que hace, aunque siempre que sale a jugar o montar moto, me da miedo que le pase algo”.
Al año se realizan dos campeonatos de fútbol en Cajamarca como parte del plan de desarrollo del municipio; uno se hace en la cabecera municipal, el otro, en el corregimiento de Anaime, a orillas del río que lleva el mismo nombre del cañón. Durante el año 2015, el equipo de La Plata Montebello, logró ganar la segunda de estas competencias en el cual Alejandro anotó 15 goles de los 28 que atravesaron el arco durante el campeonato.
Tan solo han pasado cinco minutos y un balón logra pasar por la guardia del portero, fue tan inesperado, que no hubo celebración durante unos segundos, la bulla continuó, hasta que el árbitro lo confirmó; ahí sí, la mitad de las gradas se puso de pie y con gritos, chiflidos y aplausos lo celebraron. 0-1, gol de Potosí, un tipo gordo y chaparro que se escapó, cruzó la defensa y sin el consentimiento de nadie, lanzó y anotó. El ánimo de la gente empieza a subir, el calor ya se siente y las cabezas de la gente no se despegan ahora de la pelota.
Otro gol, otro tipo pequeño y con las mejillas rojas. La fuerza del golpe con pierna zurda a la pelota, cruzó medio campo y entró casi sobre el ángulo derecho. Esta vez los gritos, chiflidos y aplausos no se hacen esperar, mientras la otra mitad de la cancha calla impaciente y los jugadores en el campo empiezan a moverse más rápido y fuerte. Alejandro toma la pelota, trata de amagar, lo logra, pero al salir corriendo cae, un pie ajeno, toca su canilla. Suena el pito, el árbitro aparece por entre dos jugadores y anota la falta. ¡Era para amarilla! Gritan desde las gradas. El joven se levanta, cobra la falta y corre tras el balón mientras con una mirada amenazante mira a quien le provocó la caída. El fútbol es de eso, caídas, golpes y levantadas, es lo que lo hace emocionante.
“Han pasado dos vainas: hace como un mes, un compañero del equipo sin querer le partió la tibia a un chino jugando, apenas empezó el partido, la partió el huesito de la canilla, pero sin culpa. El año pasado también otro compañero del equipo le partió la pata a otro jugador del equipo contrario. Eso suena durísimo, suena como una palmada, siente uno un escalofrío”.
Final del primer tiempo, el sol azota con sus imponentes rayos a los jugadores y espectadores, el juego está tenso, mientras los equipos se hidratan. Los rostros de los integrantes de la Plata parecen preocupados, aunque tratan de tomarlo con calma. Cerca al primer escalón de las gradas está una joven de cabello negro, brillante y con unos crespos inconfundibles. Se levanta y antes de que llegue a la grada, se lanza a abrazar a Alejandro y le estampa un beso sobre su frente bañada en sudor. “Francy siempre me acompaña a todos los partidos que puede, es mi inspiración y todos los goles que hago son para ella”.

Mientras descansan y toman agua, el equipo de La Plata comenta: -No es de preocuparnos por dos goles, el partido que hayamos perdido por más goles, perdimos 6 a 2 y un día hemos ganamos 8 a 0, goleada técnica, podemos empatar esto y hasta ganar. A las 11:20 inicia el segundo tiempo, el sudor se escurre por la piel de los espectadores mientras los jugadores de la Plata caminan por el campo esperando el ataque del contrincante. Tiro directo al arco, Pablo, un señor ya de unos 50 años, salta y lo atrapa con las manos, Alejandro grita: ¡Buena suegro! Mientras éste lanza el balón hacia un jugador que está solo, este la pasa a Lozano que a su vez dispara hacia el arco contrario, el portero de Potosí logra pararla pero rebota de sus manos y en un abrir y cerrar de ojos, gol, gol de Días, el cuñado de Alejandro. Parece que todo el equipo de Montebello fue monopolizado por la familia Días.
Con su estatura sobresale entre los demás jugadores biológicamente bajos, siempre juega de delantero, pues su altura es una gran ventaja para marcar goles. “Yo por lo alto soy bueno para hacer goles de cabeza. Hacen tiros de esquina y yo hago hartos goles”. Alejandro es reconocido ya en los campeonatos municipales, aunque no juega de una manera brusca, sus contrincantes, le temen por su tamaño, su carácter fuerte y lo poco que habla durante un partido. “La única vez que usted puede ver a ese man reírse o mirar bonito, es cuando está la novia, la mamá, el papá o los hermanos, de resto parece una ñura* de esas de toreo”, dice entre risas Pablo Díaz, portero del equipo La Plata y suegro de Alejandro.

De las 43 veredas que hacen parte del municipio de Cajamarca, 40 conforman equipos para disputar el trofeo del campeonato municipal que se realiza en dos ocasiones del año, entre ellas, La Plata, que ha logrado salir campeón una vez en la segunda mitad de 2015. “Solamente jugamos en el municipio, porque son campeonatos veredales que hacen acá en Cajamarca. Solamente campesinos de Cajamarca. Cuando se hace libre puede entrar a jugar cualquiera, pero que sea del pueblo o de las veredas, pero solo de Cajamarca del municipio. El único que entra externo al municipio es Toche, corregimiento de Ibagué, pero por la cercanía al pueblo, también vienen a jugar acá”.
Dos minutos para acabar el partido, Alejandro toma el balón y sin pensarlo dispara, la pelota sale como una bala hacia su blanco, el arco. ¡GOL! Grita alegre la multitud. Desde las gradas Francy se agarra sus crespos y grita, -¡Eso mi amor, eres el mejor, te amo! – Mientras, Lozano llega a ella y la besa con fuerza. Ya no hay más que ver, el partido finaliza, un 2-2 sufrido pero disfrutado. Los jugadores buscan sus familias, se sientan y ahora vienen las cervezas para que valga la pena la celebración, porque si no se gana, se empata. ”Cuando uno anota un gol, pues mejor todavía, a uno le dan ganas de salir corriendo a celebrarlo por la reacción. Se siente felicidad, eso es lo que el fútbol me da, felicidad”.
El fútbol puede unir a un pueblo que está en guerra, o a unos campesinos que solo quieren disfrutar un día de su semana de la manera más sana y divertida, es la forma que utilizan para comunicarse e interactuar entre ellos, de paso, negocian y hablan sobre sus trabajos y lo que pueden hacer entre ellos para solucionar problemas en común.




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