Pequeña joven, con pasos de gigante.
- Pa´la gente

- 3 jul 2018
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La vida es una carrera de obstáculos, solo apta para aquellos que a pesar de cualquier circunstancia, quieren vencer y triunfar, aún más para las personas que la vida no los honró con oportunidades y beneficios, por el contrario, su vida es más difícil, pero así, surgen los héroes, los guerreros y luchadores, Katherine Cortés, es una de ellos.
La noche del 19 de Junio del 2000, marcada por la lluvia, el frío y la angustia, a las 8:30 Betty Arango y Eder Cortés, tuvieron que tomar de urgencia un Jeep desde su finca ubicada en la vereda Cataimita, Vía Tapias. a dos horas del casco urbano de Ibagué, debido a que Betty se encontraba en trabajo de parto de su primogénita, Katherine; luego de un viaje que no parecía tener final, lluvia intensa, truenos que encendían el firmamento, vías en mal estado, llena de barro y oscuridad, solo la luna con su tenue luz iluminaba su camino hacia las luces de la ciudad que recibiría al fruto de este matrimonio, Katherine, nació a las 12:45 am en el hospital Federico Lleras Acosta.
Hija de dos campesinos criados en este mismo lugar, unidos por el destino 7 años antes de su nacimiento, Katherine se convirtió en el motivo de sus padres para vivir, para ser felices, en el motivo de luchar y de esperanza de futuro para su familia aunque las circunstancias y la forma de vida, no llenaba del todo las ilusiones de ella por salir adelante, debido a la dificultad de los recursos y la sostenibilidad.
El frío se apodera de todo el entorno. La brisa es constante y fuerte. La piel batalla contra las partículas de frío, se eriza. Los labios se agrietan y se secan, tal cual como la tierra que tuvimos que caminar para llegar hasta este lugar. Lejos de las luces de la ciudad, el ruido de los automóviles se transforma en relinchos, rebuznos, ladridos y cacareos, nada más que la luz del sol que moría y se volvía tenue.

Con un cabello largo, negro y abundante, sus rasgos son delicados y perfectamente diseñados, como si el mismísimo Miguel Ángel hubiese tallado cada aspecto que la caracteriza. Sus labios gruesos y rojos, sus ojos grandes y café, como el café que su padre toma todas las mañanas al despertar y su sonrisa transmiten la amabilidad y sapiencia de un campesino, único.
Sentada en una silla desgastada por el paso de los años, la madera sucia y manchada, con el chillido que produce la silla al sentarse alguien en ella, como si sufriera por el trajín de su vida, Katherine recuerda cómo ha sido crecer en este lugar, tan alejado pero tan hermoso, como ella misma lo expresa, “A mí no me dieron lo que le dan a todos los niños, a mí me tocó a punta de colada de plátano y lo que hubiera en el momento”.
Su crianza no fue de la manera ideal, ni con los aspectos básicos con los que se podría formar a un niño citadino. Las limitantes eran bastantes y el estilo de vida era completamente diferente, criada en medio de cerdos, ganado, pollos, gallinas, perros, barro, excremento de animales, frío, vegetación, plantaciones de café, su dieta se basaba en agua panela, arepas de maíz, leche pura de vaca, yuca frita, papa cocida y colada de plátano. No tuvo la dicha de probar los productos típicos para los niños de su edad, a pesar de estas circunstancias, creció sana y fuerte, como una niña del campo, como una nativa de las montañas, dispuesta a luchar por sí misma y por su familia.
Una niña de 10 años con la experiencia de una mujer de 50.
A la edad de 10 años, Katherine fue encargada por su madre como la responsable de los quehaceres del hogar, mientras ella junto a su padre se dedicaban a los deberes del trabajo, Kate cocinaba para todos los trabajadores de la finca, 15 en total, se dedicaba a organizar la finca, una niña de 10 años con la experiencia de una mujer de 50.
Con las limitaciones que conlleva vivir en un lugar tan remoto y con tan difícil accesibilidad, Katherine realizó todos sus estudios en el colegio Institución Educativa Tapias; este, por demás, ha sido el capítulo más difícil de su vida.
El colegio donde Katherine estudiaba, queda a 2 horas y media a pie de la finca donde vive, el camino lleno de lodo, trochas y abismos, es tan solo uno de los obstáculos que tenía que sobrellevar. Un camino que parecía ser una maratón de atletas de alta resistencia por en medio de la montañas, el uniforme guardado en una bolsa plástica para no ensuciarlo con el barro, las botas de cauchos empapadas de tierra, de finca, de naturaleza, de sueños incrustados en la suela a cada paso que daba acercándose al lugar de formación, el sol inclemente que hacía de las suyas y sustraía sus ganas de recorrer este sendero que la lleva más cerca de sus sueños o la lluvia poderosa que dificulta aún más el tránsito. A pesar de circunstancias adversas, todos los días, a las 4 am sonaba un viejo despertador que su abuelo le regaló para evitar quedarse dormida, empezando el día para una niña, pequeña, que daba pasos de gigante.

La vida y las grandes cosas están hechos para los valientes
A pesar de todas estas circunstancias y adversidades, Katherine logró terminar el bachillerato en aquel colegio que la acogió durante 6 años, sin importan cuán lejos estaba. Cómo una niña criada totalmente en el campo, y con las ganas de seguir con la formación académica, la necesidad de salir hacia la ciudad era primordial pero el miedo por salir de la protección de su hogar se hizo presente, aunque aún así, decidió salir hacia Ibagué para estudiar psicología, su sueño.
Sus ojos cristalinos, sus palabras entrecortadas y aún en medio de nostalgia, recuerda cómo fue el día en el que tuvo que dejar a su familia para cumplir sus sueños, “El día que me separé de mi familia fue muy duro, lloré muchísimo y me dio mucho miedo, vine para Ibagué con nada más que mi ropa y mis ganas de sacar a mi familia adelante, gracias a Dios mi abuelita vive aquí, eso me ayudó mucho a no sentirme tan sola”.
La nueva vida que tomó, solo por seguir sus estudios y sus sueños, la puso a prueba en todos los sentidos. Desde el llanto constante por extrañar a su familia, su finca, sus animales, hasta las situaciones normales de la ciudad que para ella eran cosa del otro mundo “Me perdí muchas veces, cogí la buseta que no era, me la montaron por no saber cosas de tecnología y por la forma en la que hablo, todo fue difícil al principio, quise renunciar y devolverme para la finca” pero la vida y las grandes cosas están hechos para los valientes, para aquellos que tienen la gallardía de superar sus miedos, frustraciones y derrotas para triunfar, así se describe Katherine.
Hoy, con 17 años, doce meses después de salir de su finca, del campo, se siente más segura de sí misma. Cambió sus botas sucias y desgastadas por unas sandalias, cambió el barro en sus uñas por esmalte, el olor del humo de la cocina por loción de revista y el camino de trocha, por pavimento y calles que la acercan a su sueño.
“Aquí no trabajo, mis papás me dan todo pero yo en vacaciones a penas salgo me voy para allá, para ayudarlos, ya me siento como de la ciudad, me adapté pero lo sigo diciendo, soy campesina y eso nunca se olvida, todos verán como una campesina, criada en condiciones difíciles, caminando 2 o 3 horas diarias para ir al colegio se vuelve una psicologa reconocida” Todo porque esta niña, joven, de apenas 1.60 m, da pasos de gigante por su humildad y fuerza, la hacen grande.



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