Reciclando un pasado
- Pa´la gente

- 7 oct 2018
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Es una mañana fresca en Ibagué, son las 5:30; los rayos del sol se asoman tímidamente y se posan sobre la avenida Ambalá, que despierta con el paso de los vehículos que transitan sobre ella. En la claridad de la mañana aparece una delgada figura que deja ver en su caminar lento, el peso de los años vividos.
Viste un jean raído, tres tallas más grandes que su talla, atado con una correa que encontró entre los residuos; una chaqueta gruesa que lo cubre del frío y le proporciona el calor que no encuentra entre las personas. Trae consigo una carretilla oxidada que irrumpe el silencio del amanecer con el chirrido que produce la llanta delantera un tanto desbaratada; dentro de ella, varias estopas de diferentes colores y algunas bolsas negras de plástico grueso.

Con paso lento, cabizbajo y entumecido de frío, Miguel Ángel Aristizábal Morales llega a Bosque Real, un conjunto residencial en el que hace trece años busca dentro de grandes canecas de basura, materiales que para él, son su sustento diario.
— Buenos días, vecina — dice y sonríe mostrando los tres únicos dientes que le quedan. Son las primeras palabras que pronuncia, se le escucha la voz ronca. Miguel es un un hombre parco, sin embargo, deja ver la felicidad que le da el hecho de que alguien se interese en su historia.
Y así comienza todo...
Nació en La Dorada, Caldas, un 25 de julio de 1955. Hijo de Daniel Ángel Aristizábal, ayudante de construcción y de Nelly Morales de Aristizábal, ama de casa, ya fallecidos. Sus hermanos: Jairo, Yolanda, Sol María y Mery quien murió siendo muy joven.
Vivió hasta los seis años en La Dorada; allí cursó primero de básica primaria de la mano de la profesora Francia, quien le enseñó a leer y a escribir, aunque hoy solo reconoce los números de las busetas y de los billetes.
—No pude seguir estudiando porque mis papás se separaron y mi mamá viajó con todos nosotros para Bogotá, no tenía plata para mandarnos a la escuela— comentó.
Son pocos los recuerdos que Miguel Ángel tiene de su niñez, lo que sí recuerda es que nunca tuvo tiempo para jugar pues debía conseguir dinero para ayudar a su madre con el sustento del hogar, así empezó a recorrer las calles de la ciudad recolectando plásticos y otros elementos que encontraba en la basura.
A los 15 años viajó a Ibagué para vivir con su hermana Yolanda, — ella trabajaba en casas de familia y me trajo para que no me fuera a descarriar, no le gustaba que yo estuviera solito en las calles — dice Miguel. Consiguió trabajo en el taller de pintura de muebles de don Carlos, en la 25 con 1ª, allí trabajó 3 años.
En búsqueda de la felicidad
Se casó con Blanca Olinda Muñoz un 31 de diciembre de 1973 en la iglesia "La Palomita" de Bosa Laureles en Bogotá.
—Nos enamoramos de una vez, fue amor a primera vista. La conocí en una navidad cuando vine a Bogotá, ella tenía 18, yo 15— cuenta con nostalgia.
Son las 8:30 de la mañana, Miguel sigue rebuscando entre los escombros y continúa hablando de su pasado. Se fueron a vivir cerca a su mamá, en una pieza en donde el arriendo costaba mil pesos, no era muy cómoda, según dice, pero allí vivieron catorce años de feliz matrimonio.
Junto a su esposa recorrían desde muy temprano las frías calles de la capital del país, entre olores nauseabundos, buscaban su sustento diario. Un día Miguel encontró entre unas bolsas de basura una cajita blanca decorada de pequeñas flores rojas, la abrió, en ella encontró un anillo de oro.
—Se lo puse a mi esposa y le dije que este sí era un verdadero anillo de matrimonio, porque cuando nos casamos no tuvimos anillos— recuerda con cierta timidez.
Uno de los días más felices de Miguel Ángel fue cuando su señora le dijo que estaba embarazada, llevaban cinco años de casados. Cuando Blanca, tenía ocho meses de gestación fue atropellada por una moto, estuvo varios días en el hospital, ella se recuperó, pero su bebé, murió.
Pasaron cuatro años, Blanca Olinda volvió a embarazarse.
— Yo no quería que saliera a la calle entonces me iba a trabajar solo, ella se quedaba en la pieza. Tenía miedo de que le pasara algo — comenta.
Ángela Patricia Aristizábal Muñoz nació un 26 de octubre de 1982. Miguel se esmeraba cada día por traer el dinero suficiente para la leche de tarro de su hija; sin embargo, la felicidad se le iba de las manos.
— Cuando mi hija tenía cinco meses mi esposa murió de un infarto, quedé muy triste, ella era todo para mí. Me fui a vivir con mi mamá Nelly quien me ayudó con el cuidado de mi niña — sus ojos se humedecen recordándolo.
Aun no había aceptado la muerte de su esposa cuando en junio de 1983, a los tres meses de enviudar, su niña, que para entonces tenía 8 meses, sufrió un accidente.
— Yo me fui para la cocina a hacerle la colada de bienestarina y la dejé en la cama, ella ya gatiaba. Se me cayó y se le partió la cabecita — Miguel deja salir algunas lágrimas al recordarlo, es uno de los tantos momentos tristes que ha tenido que vivir.
Ángela Patricia tuvo lesión craneoencefálica severa, fue llevada al hospital Juan de Dios, estuvo durante 15 días en cuidados intensivos, pero no logró sobrevivir.
A los 28 años, Miguel regresa a Ibagué, solo, con una vida llena de tristezas y muchos recuerdos que dejó en la fría Bogotá.
El dolor se manifiesta

Son las 10 de la mañana, el sol ha salido en su plenitud marcando 30 grados de temperatura.
El sudor recorre los surcos del rostro de Miguel como si fueran ríos inundados. La enfermedad de Parkinson le produce temblores en sus manos agrietadas, ásperas y deformadas por la artritis que cada vez es más frecuente e incontrolable. Ya tiene entre su carretilla las bolsas llenas de productos reciclados y a lo lejos se escucha el repicar de la campana del carro de basura.
Miguel Ángel va desayunar a una caseta de Coca Cola que parece esconderse entre las casas de la avenida. Paga dos mil pesos por un huevo frito, una arepa, un pan que se ve algo duro y café con leche. Solo a él le venden a ese precio un desayuno.
Son 35 años dedicados al reciclaje. En su cuerpo se refleja el cansancio y las secuelas de tantas madrugadas frías y lluviosas que ha tenido que soportar. En todo su ser se ven las huellas del tiempo; su mirada triste y melancólica refleja su soledad.
Lleva sobre su cabello entreverado de grises, una gorra de cualquier color, de las que ha rescatado de la basura.
También sufre de diabetes, una enfermedad que heredó de su madre, tantos males juntos se acumulan dentro de un frágil cuerpo que se resiste a la derrota. Miguel sigue hablando de su pasado… parece tener la necesidad de hablar, hablar y hablar. Dice que nunca tuvo amigos, que nunca durmió en la calle y que nunca quiso guardar fotos de su familia, prefirió dejar todos los recuerdos en casa de su mamá.
Le duelen menos
Vive en el barrio El Triunfo, no habla con los vecinos ni le gusta que le pregunten por su vida. Es muy solitario y de las cosas que más le entristecen es sentir que las personas lo ignoran y lo hacen sentir invisible.
— Pasan por al pie mío y ni siquiera saludan, siento que me odian, pero yo siempre sonrío; solo hay unas pocas personas que me ayudan: La profe Gladis y mi vecina Nayibe, ellas me dan comida y platica porque también les ayudo cuando me necesitan— comenta.
Gladis Calderón es docente, vive en Bosque Real, le ayuda a Miguel con algo de comida y le compra los medicamentos que el Sisbén no le provee.
— Conozco a Miguel hace más de diez años reciclando las basuras. Es un señor caritativo, lo he visto compartir un pedazo de pan o un poco de comida con indigentes o con los perros que encuentra en la calle — dice Gladis.
Su vecina Nayibe López reconoce que Miguel Ángel es una buena persona, lo distingue hace ocho años o un poco más, no se relaciona mucho con sus vecinos. De su familia poco se sabe, un hermano que vive en El Salado y otra hermana en Picaleña, pero casi nunca los ve.
— Vive de arriendo en un sótano de una casa lote, diagonal a mi casa. Él es muy callado, siempre tiene mucha tristeza en su mirada, sin embargo, es muy amable y servicial. También es muy agradecido — cuenta Nayibe.

Aún guarda la esperanza de conseguir una mujer que lo atienda y lo quiera, así como era su esposa. Se entristece porque se siente muy solo.
A Gladis y a Nayibe las considera sus amigas, son de las pocas personas que se preocupan por él y le tratan como un ser humano, dice él.
Miguel Ángel se despide. Toma su carretilla, su compañera, su aliada. Lleva plástico, papel periódico, papel blanco, aluminio, chatarra, cobre y un poco de antimonio que, según él, se encuentra en las hebillas de un bolso y una correa que han tirado.
Durante dos meses amontona sus tesoros rescatados de los escombros para venderlos a la chatarrería de don José, en el barrio El Salado de Ibagué. El sábado le pagaron 291.400 pesos por todo lo que recicló.
— Con esa plata pagué 130 mil de arriendo y 20 mil de servicios, lo otro me queda para la comidita. Como no tomo trago ni meto vicio, esa plata me alcanza para lo necesario — dice.
A sus 63 años lo asustan las borrascas, tiembla y se muerde la lengua de miedo. Cree en Dios y va a la iglesia San José Obrero del barrio Gaitán a darle gracias al creador porque puede comer bandeja paisa, su comida preferida y porque a pesar de tantas tristezas, todavía le sonríe a la vida.
De la muerte habla poco, reconoce que también le asusta, así como le asusta la idea de morir solo en su sótano, acompañado de los escombros que hoy rescató de la basura.



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