Boquerón: Voces de un barrio del sur
- Pa´la gente

- 7 nov 2018
- 8 Min. de lectura
Actualizado: 4 jun 2020

En la calle 21 con carrera 39B, bajo la sombra de un techo de cinc, se ve un perro negro languidecido, acostado a lo largo de un piso embaldosado, desatento de lo que pasa a su alrededor. En la calle, la gente va y viene. Se escucha a lo lejos una ranchera colombiana, de despecho que habla de pesares que hinchan el corazón, acongojan el bolsillo e invitan a tomar cerveza amarga. A donde se mire hay casas de bloque, pintadas por encima de toda clase de colores. Casas de un piso. Casas de dos pisos. Casas de tres pisos. Un revuelo de perros en las calles. Uno que otro gato valeroso que camina sin temor. Árboles de guayaba y prados extensos donde pastan las vacas. De regreso a casa, aquí uno sube al sur. Esto es Boquerón.
El viento roza frío por las ventanas. Es la típica noche. Son las 8 pm y por donde se mire hay personas con abrigos y celadores con termos cargados de tinto en mano. 11 mini tiendas abarrotadas de legumbres y avisos de detergentes que prometen barrer con las manchas pero no con el medio ambiente. Un aparcadero de Jeeps, que llevan sobre su parrilla metálica entre 4 y 5 bultos de café en cada viaje, traído del norte del departamento. En frente, un potrero, en el que caben 4 casas, que a veces sirve como parqueadero, cancha de fútbol, y hasta de circo.

A las 9 pm, Marleny Sánchez, una señora bajita, de cabello corto y gafas color de rosa, cierra el café internet que administra. Guarda 2 tragamonedas que a diario deja afuera, para que los vecinos las repleten de billete. A sus 62 años, es una de las habitantes más antiguas del barrio. Tras 50 años viviendo en Boquerón, sigue en pie, al igual que su casa. A su internet acuden vecinos y forasteros a hacer trabajos, revisan Facebook y escuchan música. En la vitrina que tiene al lado del monitor, vende desde dulces de anís, galletas, minutos a celular, hasta cigarrillos Mustang, ahora Rothmans.
Cuando Marleny habla del barrio, mira algunas casas, intentando recordar cómo era todo como cuando tenía 18 años. Cuando salió de Chucuní hacía el sur de la ciudad, acompañada de sus padres.
—Todo esto eran cafetales. De aquí para abajo la calle era angosta. Era camino de herradura. Los niños de por acá cogían café, algunos, otros corrían por toda esta calle jugando. Hasta donde es ahora el colegio, llegaban los buses Copetran que venían del centro.
Calles más abajo de la casa de Marleny, por la vía principal está el colegio Ciudad de Ibagué. Vacío los fines de semana. Tiene a su entrada un portón con problemas de identidad porque no sabe si es de metal, madera o futurista. En el exterior, en su parte más alta, hay un letrero con luces led, rojas, verdes y amarillas, haciendo digno tributo a un semáforo. Atrás del colegio, la tierra se está abriendo, caen los árboles, el agua del subsuelo brota, centenares de trozos cilíndricos de metal se inyectan en la débil capa del suelo. Allí se construye con la ayuda de 4 volquetas Kenworth blancas y una excavadora Caterpillar de orugas, la vía alterna que conectará a Cajamarca con Ibagué.
50 metros más arriba, hay una pareja con un camión Dodge viejo de color gris. Cada semana arman una vitrina con la que salen a vender piña “oro-miel”. Dulce. Piña que no corta la lengua, pero si corta la sed, con precios por unidad entre 2000 y 4000 pesos. Al frente está el restaurante Boquerón. Amplio. De mesas amaderadas y piso embaldosado con forma de cantos rodados. Célebre por tener la fama de preparar la mejor y más rica lechona de toda la ciudad. Sumado a más de 50 años de tradición.
Horas después de la salida del sol, la temperatura va en aumento. Se percibe sutilmente el olor a pasto húmedo y a guayabo. Es domingo. Son las 12 del mediodía. En la esquina que conecta la variante con Cajamarca, en el andén de una casa de dos pisos de color cielo hay un grupo de muchachos, 5 en total, todos hombres, ninguno supera el metro con sesenta centímetros de altura. Su uniformidad solo los resalta entre tanta gente que pasa por el sitio. Llevan gorra “Nike y Adidas” salidas de un chapinero cualquiera. Cabello largo. Pantalón corto desgastado y sudadera del Deportes Tolima. Zapatillas de colores variados. Uno de ellos lleva un parlante en el que escuchan las canciones de reggaetón más repetidas que se pueden encontrar. La ruta 40 que cruza el barrio, se detiene en uno de los cuatro reductores de velocidad que hay. Descienden un par de estudiantes del Sena. Ambos hombres. Apenas tocan el suelo, se saludan de forma entusiasta con los cuidadores de la esquina.
En la esquina siguiente. En la tienda de “don Carlos”, atiende Viviana Guzmán. Estudiante de ingeniería de sistemas de la Universidad del Tolima. Ella ayuda en el sostenimiento del negocio familiar, cuando no está trabajando con Davivienda. Tiene 27 años, de los cuales 25 ha vivido en Boquerón. Es común encontrarla con el cabello recogido y un kilométrico entre su cola de caballo. Su altura es corta, apenas como para alcanzar el metro con setenta centímetros.
La tienda, que ha servido como impulso familiar y con el que ha podido estudiar Viviana, es mediana. Apenas dos automóviles cabrían dentro. 3 vitrinas de marco carmesí, llenas de pan y paquetes. Un congelador inoxidable. Guacales plásticos donde las papas tienen el protagonismo. Al fondo Carlos Guzmán. Tan impávido y mesurado, que bien podría hacer tanatopraxia.
—A mi papá. Unas personas lo quisieron robar —dice Viviana —Él, todos los días se levanta temprano porque va a comprar los insumos. Las verduras, las carnes. Hace 8 años. Por forcejear, le pegaron un tiro en la pierna derecha. Cuando salimos a ver, estaba en el piso.
Por suerte, Don Carlos sobrevivió y continuó administrando la tienda. Calles más abajo hay una cantina. Café en las paredes y techo oxidado. Afuera lleva el anuncio “los amigos”. En el lugar se escucha a Joan Sebastián, de manera tan vívida, que no parece estar ausente. Detrás en otro café internet del barrio. El 4 de diciembre de 2016, según el diario popular de Ibagué, un joven le acercó un cuchillo por el cuello a Yulitza Camacho, por cuestiones que no se saben con claridad aún. El asunto terminó con la muerte de ella y con un hospedaje todo pago, en la penitenciaría de Picaleña para él.
Seis postes hacia el fondo del barrio. Las carreras 38 y 40, alejadas la una de la otra. No tienen nada que envidiarle a una carretera Argentina. No de asfalto, sino de Rally Dakar. Perros y gatos la usan como inodoro y los transeúntes como caneca de basura. Cosa que despica las 500 toneladas de residuos que recoge a diario la empresa de aseo municipal. Haciendo un puerta a puerta, se puede uno encontrar a Nelcy Velásquez. Una vecina que suele llevar un camibuso salmón, Lacoste, algo maltratado, gorra blanca de la Alcaldía de Ibagué con fecha del 2016, sudadera azul de algodón, venus ecuatorianas, azul rey.

Nelcy es presidenta de la junta de acción comunal desde hace 3 años. Desde que asumió el cargo, ha estado liderando proyectos de seguridad y salud en el barrio. Tiene 59 años. Sufre de problemas de visión en su ojo izquierdo. Es baja. De contextura algo robusta. Su piel aunque antes fue blanca, ahora está oscurecida por el sol. Unas cuantas arrugas debajo de los ojos y otras apeñuscadas a los lados de la boca. Ella hace un puerta a puerta varios días a la semana. Informándole a la gente sobre las decisiones y peticiones que se toman entre el barrio y la Alcaldía.
—El barrio era sano. Pero ahora nos llevamos la sorpresa que todos los días atracan. Le quitan a la gente el mercado o el celular. No sabemos para dónde van las cosas. Pero todos sabemos de dónde sale tanta delincuencia.
Desde que Nelcy lleva las necesidades del barrio hasta la Alcaldía, logró conseguir la pavimentación de 2 carreras. Carrera 38. Carrera 40. En trámite está la construcción de un puesto de salud y un parque bio-saludable. Para el disfrute de los vecinos y para que el potrero del barrio no se convierta en foco de inseguridad.
7 casas más arriba donde encontré a Nelcy, estaba Jorge Parra, otro ícono del barrio. Actualmente es el administrador de Aqua Boquerón, la empresa comunal que se encarga de encausar el agua de las quebradas, El Tejar y Peñaranda, para que todo el barrio reciba el líquido vital.
Hace 39 años. Vive por la vía principal por donde trascurren tractomulas y otros vehículos hacia Armenia. Vive con su señora. Ambos dueños del restaurante Monterrey. Jorge tiene 72 años. Es alto. Robusto. Colorado. Se le ve con botas panteras negras, de pvc, camisa a cuadros, manga corta, pantalón de dril, beige. Una mochila gris terciada sobre uno de sus hombros. Corte militar, con canas. Bigote a ras.
La disputa que lleva el barrio con el suministro de agua, ha sido el oficio que él ha desempeñado. Diligentemente, logró defender de la anterior administración municipal la disposición de la tubería. Con la construcción de la vía paralela que promulga mejorar el transporte y el número de visitantes a la ciudad, se crea entre los comerciantes del barrio una zozobra.
—Uff, aún no han tocado, pero, la quebrada que viene de Peñaranda se va a cortar. Además de eso. Los 32 comerciantes que vivimos del transporte, del carro particular, para semana santa, navidades, fiestas de Junio y todo eso, quedamos jodidos. Como la vía, iría derecho a Coello, Boquerón quedaría muerto—dice Jorge.
Mientras se adelantan peticiones en la Alcaldía, los 12.5 litros por segundo que circulan por las calles seguirán en descenso hasta que los cilindros y el potrero donde se tiene planeado a futuro hacer la planta de purificación propia del barrio, entren en operación.
El potrero. Grande. Lo suficiente para dar cabida a otro Manuel Murillo Toro. Está a la izquierda del barrio. Con más de 100 cilindros de cemento, de cinco metros de largo cada uno. Tórtolas amantes de las guayabas y de la comida que tiran por las ventanas. Niños y jóvenes que a diario juegan fútbol, en una cancha improvisada que hicieron con seis guaduas. Tres a cada lado, para formar los arcos. Como una parvada de primates, que gritan y brincan sobre los árboles de guayaba. Tres perros lanudos que parecen ovejas grisáceas. Un gallo de pelea con las alas abiertas recibiendo los primeros rayos del sol.
Ya en las mañanas, de lunes a viernes entre las 6 y 7 am, cada diez minutos, salen disparados en bus, en una de las 3 rutas, 40, 24 y 82, cerca de 20 personas que empezarán su jornada de actividades. Atrás del potrero. En la carrera 39b. Vive Martha Toro. Caqueteña. Ancha de cadera. Cola de caballo corta. Piel morena. Gafas de color azul marino. Blusa blanca sin mangas, jean azul pálido, recortado a la altura de las rodillas. Día por medio sube la ruta 40, rumbo a la plaza de la 14. Compra los insumos con los que prepara sus conocidas empanadas. A las 10 am, sale con un coche de bebé al que le fue adaptada una nevera de icopor blanco. Dentro. Lleva 50 empanadas y 25 pasteles, o papas rellenas como guste el comensal.
—¿A cómo las empanadas?
—Empanaditas a 2000, con carne.
Entre semana. Martha lleva su coche cargado de un olor de buena sazón y un ají picantón. Baja por la primera calle. Llega rauda a la carretera principal y aterriza en la entrada del colegio. Donde llega puntual, al recreo de los niños.
—Me gusta el barrio, porque es fresco. Aunque para muchos es alejado. El centro nos queda a 20 minutos máximo. Además que se presta para vender de todo y montar negocio.
Martha es desplazada del Caquetá, desde el año 2002. Estuvo trasladándose por varios Municipios. El año pasado consiguió arriendo en Boquerón. Ahora sus hijos estudian en el colegio Ciudad de Ibagué.

Ya es viernes. Unos se van a dormir. Los más vivos, salen a tomarse un traguito para dejar la rutina atrás. Por la misma calle de Martha, se ve llegar una estudiante del Juan Vucetich. Delgada. Cabello crespo. Blusa beige, con el nombre de su instituto, sudadera verde pantano, zapatillas reflectivas. En su mano derecha, tiene una bolsa. 2 metros más allá, está su perro. Un ejemplar. Negro como la misma noche. Ni tan galgo, ni tan chanda. Abanicando su cola. Hace su deber y vuelve a su dueña, avisándole que ya es hora de descansar en Boquerón.



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