top of page

Ascensorista, ¿Una labor en vía de extinción?



A las siete de la mañana, cuando el sol empieza a brillar en la capital musical, inicia un día de trabajo en las calles y oficinas transitadas por secretarias, abogados, porteros, policías y músicos callejeros que sonríen en medio del bullicio de la zona céntrica de la ciudad.

En el otro extremo de la capital, bañados por la brisa ribereña del Combeima, viven Fagime Gil o “Mimi” como le llaman de cariño sus compañeros de trabajo y amigos cercanos, junto a su esposo Juan Carlos lozano, en un humilde hogar de clase media, en el que transcurren los días, uno detrás de otro, por el camino de la vida, desde hace quince años.

Ella, ascensorista encargada de transportar el personal de todo un edificio, opera los controles del tablero y controla la capacidad permitida en la cabina, entre otras labores. Él, empresario independiente ambos trabajan incansablemente desde que “tienen uso de razón”, dice ella. Se levantan a las seis de la mañana todos días, Mimi hace el desayuno y adelanta el almuerzo a medida que se alista apresuradamente para salir un día más a trabajar en el edificio El Molino donde labora desde el año 1990.

Inicialmente laboró como auxiliar contable en el cuarto piso del mismo edificio, hasta que se presentó la vacante de recepcionista, la cual no desaprovechó debido a la estabilidad laboral que este empleo le ofrecía.

Dos años más tarde empezó a trabajar como ascensorista un empleo mejor remunerado y muy popular en la época en que los ascensores se operaban manualmente, un oficio de cercanía, de contacto humano, de servicio.

Dónde surge la magia


Todos los días llega a su lugar de trabajo saluda muy amablemente a “Don José” el recepcionista, con quien ha compartido por 15 años los gajes del oficio, entablan una breve conversación a medida que se acerca la señora Teresa tímidamente con el “el tintico” como le gusta a Mimi.

- Hola Josecito ¿Cómo amaneció? - Bien gracias a Dios. Responde José. - Le iba cogiendo como la tarde. Risas. Le dice en broma, José a Mimi. - Aquí le traigo el “tintico”. Le dice Teresa - Si ya se lo recibo, le responde Mimi.

Ella recibe el tinto, que toma de a poquitos mientras se dispone a ejercer sus labores de ascensorista, camina lentamente hacia la oficina de la administración, descarga su bolso saca el celular lo guarda en su bolsillo, transita hacia ascensor y se sienta en su silla.

Acomodada en el ascensor empiezan los usuarios a hacer el pedido del servicio en los 5 pisos con los que cuenta el edificio, unos usuarios más pacientes que otros. “Como todo” dice ella, hay que tener paciencia y amenizar el ambiente con la música, enciende la radio como de costumbre en Tolima Estéreo, pulsa los botones correspondientes a cada piso, acciona la palanca hacia adelante para hacer bajar el ascensor y movida hacia atrás para hacerlo subir, cuando se abren las puertas del ascensor Mimi informa a los pasajeros sobre la ubicación de la oficina a la cual se dirigen.

No todo es color de rosa


data:image/gif;base64,R0lGODlhAQABAPABAP///wAAACH5BAEKAAAALAAAAAABAAEAAAICRAEAOw==

Un señor de unos 50 años espera el ascensor en el primer piso del edificio, se pasea de lado a lado, bastante impaciente, pulsa el botón del ascensor en repetidas ocasiones, bajo la mirada del recepcionista y de todos los estábamos allí, al ver que el ascensor no baja, arruga el ceño y mueve el pie constantemente, de pronto se abre el ascensor y Mimi un tanto molesta le reclama al señor.

- ¡Óigame señor! ahí muy claro dice por favor timbrar una vez.

A lo que este sujeto responde: - Tengo afán y ademas para eso le pagan a usted.

Mimi se queda callada y hace un gesto de desagrado mientras cierra la puerta del ascensor. Al bajarse este señor, Mimi nos comenta a los que íbamos para un piso superior, que hay personas que olvidan que la ascensorista no es un robot y que no puede bajar o subir con el ascensor de inmediato. Nos deja en el cuarto piso y se retira para tomar un receso.

Alinea suavemente el ascensor al suelo con el primer piso al cual se dirige para lo cual demuestra una gran pericia. Descansa un poco de su brazo algo cansado de abrir y cerrar el ascensor incontables veces. Un receso no muy largo unos “15 minuticos”, retoma la labor al ver un grupo de abogados que por años han trabajado allí, la saludan muy afectuosamente y entablan una breve conversación mientras los lleva al tercer piso.

Así transcurre la mañana y llega la hora del almuerzo, todos los empleados del edificio empiezan a salir. Una hora bastante movida en el trabajo. El sol calienta con mayor esplendor y Mimi se dispone a salir a su hora de almuerzo, mientras Don José se alterna entre la recepción y el ascensor; pulsa el botón que indica el cuarto piso al cual lleva un grupo de ingenieros, acciona la palanca del ascensor hacia atrás para hacerlo subir, no con tal pericia que le otorgan los años de trabajo a Mimi, ocasionando un brusco e incómodo movimiento al llegar al cuarto piso.

Los ingenieros se bajan del ascensor y Don José regresa a la recepción con una pasajera más, al llegar al primer piso ella desciende y sale del edificio a su hora de almuerzo. Mientras él cierra la puerta del edificio con tal seguridad haciendo las veces de celador, toma asiento y se dispone a almorzar, alimento que no logra ingerir con tal tranquilidad, al ser interrumpido en interminables ocasiones.

Finalmente, llega la hora en que Mimi debe retornar a su trabajo las dos de la tarde, se acerca a la puerta del edificio, muy arreglada como de costumbre, a sus 51 años, viste pantalones ceñidos y blusas vaporosas, acompañando siempre su vestimenta con tacones de no menos de 10 centímetros, que le aportan sensualidad a su esbelta figura. Camina lentamente, de nuevo descarga su bolso y pide un café, enciende el ventilador del ascensor, debido a la elevada temperatura en las horas de la tarde. Así Continúa su labor hasta caer la noche y culminar la semana. Mimi labora alrededor de 45 horas en la semana en un oficio que dice ella está en vía de extinción, situándonos en la disyuntiva de un progreso ineludible pero que, sin embargo, desplaza la labor humana.

Trabajadora incansable


Aún en los tiempos libres, no culmina de trabajar, su fortaleza, pasión, y firmeza, propios de una dama de espíritu joven, hace honor a la mujer tolimense, mujer trabajadora y luchadora, se esfuerza por sacar adelante la micro-empresa que tiene con su esposo, a la cual le dan empuje todos los fines de semana vendiendo lechona y distribuyendo en diferentes eventos.

Aunque aprecia mucho su trabajo y lo describe como una labor de dedicación, honestidad y lealtad, también reconoce que es un oficio que la tecnología ha relegado del hombre a una máquina. Ha dejado de ser una alternativa de interacción social e intercambio de cortesías para convertirse en una breve operación completamente aséptica. Situación que viene presentándose desde hace muchos años tras el declive de este oficio en 1957, con los diversos avances tecnológicos y al dejar de ser manuales las puertas de los ascensores y convertirse en automáticas, se empezaron a implementar los espejos en los ascensores. La razón, ayudaba a contrarrestar la sensación de opresiva soledad al no disponer de la compañía de un ascensorista.

Todo lo anterior, hace de este oficio, un empleo muy particular, más allá de ser un ascensorista es protagonista en el recuerdo de muchos, precisamente, por la sencillez de ciertos detalles. Y es que, es un simple detalle lo que puede salvar muchas situaciones diarias y convertirlas en afectuosas anécdotas.

Al finalizar la jornada laboral, recoge sus pertenencias, cambia el calzado, se despide de sus compañeros y sale rumbo a su casa luego de un arduo día de trabajo. Siendo Mimi una de las pocas personas que ejercen actualmente esta labor en la capital musical.


 
 
 

Comentarios


  • Facebook
  • Twitter
  • Instagram
  • YouTube
  • Icono Social SoundCloud
Asset 34PNG.png

Pa' la gente
2023

bottom of page