Doña Olga: Toda una vida de trabajo
- Pa´la gente

- 20 jul 2022
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Por: Wilmar Harley Castillo

Su nombre es Olga Hernández, pero de cariño le he dicho Olguita, Olguirris, señora Olga o simplemente Olga cuando hay afán y solo el saludo nos cruzamos. A pesar de su corta estatura, le resalta una agilidad segura cuando prepara la masa de los buñuelos o las almojábanas que vende en un local del barrio el Jardín. Con el gorro blanco y la bata del mismo color reglamentario para no contaminar los alimentos con cabellos o sudor.
Sus ojos cafés también resaltan y la sonrisa humilde labrada por duros golpes y preocupaciones están siempre presentes a pesar de una seriedad que reemplaza la mayoría del tiempo su rostro, desaparece inmediatamente al saludar y dejar salir cuentos, precios y temas para conversar. Conoció el trabajo desde los ocho años porque papá y mamá no daban abasto para poder llevar la comida a casa, viéndose así en casas de otras familias provenientes de mundos ajenos al suyo con una tarea concreta: tener limpio ese lugar, limitándose a comer, dormir y atender a sus jefes.
Cuenta una vez que conoció la parte de debajo de un bus porque la señora de la casa le exigió que fuera rápido a la tienda por unas tostadas, como buena niña hizo caso y corrió a cumplir con el mandado en el menor tiempo posible descuidando al mundo que giraba a su alrededor. Al cruzar la calle la atropelló el vehículo de servicio público dejándola debajo del pesado cuerpo de latas; con la tarea en su cabeza se levantó para llegar con las tostadas sin sentir dolor, ni mucho menos conciencia de que tuvo a la muerte encima por unos segundos.

También recuerda que les prohibían a los niños del hogar jugar con ella porque era la muchacha del servicio. Como también la trataron en una ocasión de ladrona al renunciar de uno de sus trabajos en el barrio La Pola; empacó su ropa en una caja de cartón y llegó al puesto de mamá y papá en La Plaza de la 21, al poco tiempo llegó la expatrona acusándola de robarse un juego de aretes, en medio del escándalo y testigos Olga le dejó la caja con la ropa para que revisara la distinguida dama, con la sorpresa de no encontrar los aretes, ni la vergüenza porque ni las disculpas ofreció al marcharse.
Otro episodio curioso fue la sorpresa del jefe de una procesadora de pollos en Ibagué. Con quince años de edad la señorita Olga se coló en la empresa y alcanzó a cobrar la primera quincena como cualquier otra trabajadora, sin embargo, el siguiente paso era recibir la otra parte del pago en una cooperativa y ahí fue cuando el jefe se dio cuenta que tenía entre su personal a una menor de edad y por tal motivo ella no podía continuar pelando pollos. Una risa tímida y maliciosa adorna este episodio de su vida laboral.
Aunque leí alguna vez que "el trabajo dignifica a la humanidad" aunque en la vida de Olguita le agrega a esa cita: "Pero no en Colombia". Así como desde niña ha sudado la frente por el trabajo, este también le ha sacado amargas lágrimas, pues debido a su obligada ocupación perdió a un hijo de diez años quien se ahogó en Comfatolima bajo circunstancias desconocidas hasta el día de hoy. Por estar trabajando, perdió a Darwin y con toda la seriedad que acompaña una afirmación, ha sido el peor dolor de su vida.
Historia de Darwin
Así, se encontró el cuerpo.
Así como ha tenido trabajos con locaciones fijas, también estuvo vendiendo productos en locaciones abiertas. Cuando el papá de sus dos primeros hijos (Dayeris y Darwin) abrió otra sucursal familiar ella no tenía un trabajo fijo pero si dos bocas que alimentar y fue cuando dos amigas le explicaron el viejo arte del rebusque. Empezó con una caja de mandarinas en la calle 16 entre carreras cuarta y quinta, en frente del centro comercial los Panchos. En este momento de su vida conoció al papá de sus otros tres hijos.
Doña Olga nos da testimonio de su vida.
En esta etapa de su vida la conocí. Atendía un restaurante ubicado sobre la calle principal del barrio Modelia en El Salado; en ese mismo negocio vendía pollo asado. Ahora solo queda el local de pollo asado que es atendido por sus hijos mientras ella está al frente de un local donde prepara y vende buñuelos, pan de yuca, almojábanas, empanadas, avena fría, tinto, café con leche y bebidas Postobón.
Desde las cuatro de la mañana empieza el trajín con la masa para tener los alimentos preparados y venderlos hasta las 7:30 P.M. de domingo a domingo. Cuenta con la ayuda de una señora y de un joven que le permite descansar después de almuerzo, porque por más que se tenga la piel curtida y la habilidad para no dejar quemar el producto no hay cuerpo que resista una vida de trabajo y eso poco a poco se va sintiendo para algunos después de los treinta o después de los cincuenta.

Los gurús de la prosperidad occidental repiten e insisten en que "trabajar duro, entregarlo todo, dar más de lo que se puede" y otras recetas oxidadas, garantizan tener la vida de ellos (carros ultimo modelos, casas en zonas estratos 6, empleados, cuentas bancarias con más de seis cifras y otros lujos), pero el detalle está en que no aclaran en cuanto tiempo se alcanza esa meta o cuántas vidas se necesitan para llegar a ese nivel social.
Paradójicamente Olguita y los 21 millones de colombianos/as empobrecidos/as junto a los 2 millones 700 mil que viven en pobreza extrema no nos alcanza esta única vida para llegar a tener casa en El Vergel o en Reservas del Campestre, a duras penas se trabaja para tener las tres raciones de comida diarias, cumplan o no cumplan con la taza nutricional que el ser humano debe consumir para gozar de una salud digna.
A pesar de todo esto, Doña Olga ve un futuro esperanzador y aportará su grano de arena para que en este año ella y los 21 millones de paisanos/as podamos estar un poco más cerca de ese futuro. Sin embargo, un posible cambio legislativo no cambiará la cantidad de horas que ella aún trabaja, ni tampoco le dará la pensión digna que se merece porque eso requiere de más esfuerzos y más manos para lograrlo, a pesar de eso la sonrisa y serenidad de su mirada no desaparecen.




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