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El único tolimense campeón de una Vuelta a Colombia

Actualizado: 1 jul 2022

Por: Alejandro Hernández


Foto: Alejandro Hernandez
Pedro J. Sánchez

Visita a un campeón

Me abrió la puerta un tipo con expresión sombría en su rostro. De cabello con diferentes colores, como en una especie de degradé; en la coronilla rojizos, en las cienes blancas canas, y las patillas negras como si en esa parte el tiempo no hubiera hecho de las suyas. Sus pequeños ojos, que parecían perderse en medio de una ancha nariz con dos inmensas fosas nasales, delataban desde ya la desazón que cargaba.

Quien le abría las puertas de su casa a un estudiante de periodismo, quien ni siquiera había nacido cuando él ya conquistaba las carreteras colombianas montado en su “caballo de hierro”, era Pedro J Sánchez. El único tolimense que ha ganado la principal carrera ciclística que hay en tierras cafeteras, la vuelta a Colombia. Título conseguido en el año de 1968, cuando contaba con 28 años de edad, siendo este el punto más alto que alcanzaría, dentro de una carrera profesional que duró más de una década.

Al ingresar en su casa, sentí lo que seguramente todos los que ingresan por primera vez sienten, asombro. ¿Y cómo no sentirlo?, si ante lo primero que te encuentras es una inmensa estantería que va del piso al techo y de pared a pared, abarrotada de trofeos. Él dice que no sabe la cantidad exacta de trofeos que hay allí, pero sin duda son más de medio centenar; sin contar los que le robaron cuando aún competía profesionalmente, que eran más o menos otros 50.

“Se metieron por la ventana del frente, en ese entonces no tenía esta reja e hicieron un hueco y por ahí me sacaron todo, lo único que me dejaron fue la cicla… seguro no les cupo”, me rememoró con una mueca de ironía en su cara. Con esa misma expresión, con una mano en la cintura y la otra apoyada en la estantería, me preguntó: “¿para qué les servirán esos trofeos a quienes se los llevaron?, incluso habían trofeos que sólo teníamos Chochise y yo. No los podían vender…me devolvieron algunos”. La verdad es que no supe qué responderle, tampoco le halló una explicación.



Los primeros pedalazos

Es pertinente contar por lo que tuvo que pasar para llegar a llenar su estantería con trofeos. Narración de esto que inició cuando estando ya sentados en sus espaciosas poltronas isabelinas de color blanco, se encendió la grabadora. Nacido en Chaparral, Tolima, un 8 de abril de 1940, es hijo de padres panaderos. Como todo hijo que nace en el seno de una familia de estrato bajo, estuvo destinado a colaborar con las funciones del negocio familiar: “Trabajaba en el día y estudiaba en la nocturna”, me contó.

Estudió hasta el segundo bachillerato (grado séptimo) por “falta de recursos”, y fue cuando apareció el deporte en su vida. Pero no el ciclismo, sino la disciplina de las pesas y los grandes músculos: el fisicoculturismo. Llegó a estar becado para viajar a Los Ángeles, teniendo apenas 16 años, cuando su ahora difunto hermano, le cambió los discos por las ruedas. Habría que agradecerle a él, su hermano, por haberle arrebatado de las garras del culturismo a uno de los mejores, sino el mejor, ciclista que ha parido este departamento.


Foto proporcionada por Pedro J Sánchez

Esa infancia “bastante difícil” que me narraba en el comienzo de lo que serían casi una hora de preguntas y respuestas, sentados en la sala de su casa, por fin tuvo su punto de quiebre: ahora sí el deporte de las bielas. La bicicleta entraba en escena. Ese objeto que miraba tan lejano, ya que por aquel entonces era casi un lujo, llegó un día de improvisto a su vida. Él se lo atribuye a Dios, lo cierto es que un día su hermano le impulsó a que corriera en una bicicleta regalada, y allí comenzó todo. Fue amor a primera vista. Supo para lo que había nacido, reconoció una de sus grandes pasiones para el resto de sus días.

En su primera carrera, una doble a Flandes, recuerda haber descolgado a Gualanday y posteriormente llegar a la meta con ¡siete minutos de ventaja! Era algo innato en él. Descubrió que “eso era algo muy fácil”, como me confesó entre risas, mostrando sus parejos y amarillentos dientes. Naturalmente las victorias regionales empezaron a llegar, aun cuando compitiera a las escondidas de sus padres. “Ellos pensaban que eso de montar en bicicleta era algo para vagos, lo importante era trabajar”, aclaró.

Cerca de medio siglo después, todavía no comprende por qué se resistían tanto sus padres al ciclismo. Si como bien él dice, “¡Qué va ser uno vago montando bicicleta!” Pero también cómo iban a saber sus padres que bajo su techo crecía el que sería el mejor pedalista tolimense. De hecho sus padres no eran los únicos que le oponían resistencia: “Los conductores le echaban a uno la madre, que era un vago, un sinvergüenza”. Pero sí don Pedro J, los ignorantes eran ellos.

Ruge el León del Tolima

Cuando apenas se cuenta con dos décadas de vida, se hace difícil pensar que alguna vez se compitiera el ciclismo de ruta en carreteras destapadas; así les tocó a los encargados de abrir el sendero. Las competencias de esas primeras épocas del ciclismo colombiano eran en un cincuenta por ciento sobre carreteras pavimentadas; pero la otra mitad sobre tierra, y por ende en ocasiones, también lodo. En esas condiciones ganó Pedro Julio Sánchez su primera etapa en una Vuelta a Colombia, mas exactamente en el año 1962, entre Cali-Popayán.

Javier "El Ñato" Suárez liderando la escalda sobre Pedro J. Sánchez, a su izq. Fulgencio Sánchez, oculto. Álvaro Pachón, a su derecha y detrás "Cochise" Rodríguez.

Y es que no en vano, el hombre de pronunciados surcos en su frente al que tuve la oportunidad de escudriñar un poco, se le apodó por aquellos años como el “El León del Tolima”. Aunque no contara con un adecuado equipo para competirle en igualdad de condiciones a Cochise, le plantaba cara; un símil de Nairo con Froome en la actualidad, si se quiere. Por otro lado, no temía sacar sus garras y enseñar sus colmillos ante la radio regional, para defender su gremio al no garantizarse la corrida de una Vuelta a Colombia. Después vinieron las otras victorias de etapa en esta competencia en 1962,1967, 1968, 1969 x2, 1971. Pero nada como su mayor logro profesional, que me rememoró con una expresión de satisfacción en su rostro. Una de esas satisfacciones por el deber cumplido.

El mejor capítulo de su vida empezó después de ser herido; herido en su orgullo. “Usted sólo consigue segundos y terceros puestos”, le dijeron sus patrocinadores. Y como buen León, salió en caza decidida de su presa. Para esa versión, la de 1968, exigió a Telepostal un equipo tan bueno como el de “la belleza” de Cochise. Esto si raro en un León, data más de otros felinos, pero salió de caza en manada. Se le conformó un grupo fuerte, los dotaron de ciclas francesas, le trajeron el entrenador que él mismo exigió (su inquilino en el segundo piso de su casa), y en fin, todo lo que en una lista exigió.


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Siempre un Campeón


Ahora le quedaba a Pedro J hacer su parte. Y efectivamente así sucedió. En la edición 18 de esta competición, por fin era ganada por un tolimense. Tras las 18 etapas, a la llegada a la capital colombiana, el hijo de Chaparral, Tolima, hacía historia para el departamento de la bandera vino tinto y oro. “No hay palabras para describir lo que sentí en ese momento”, me dijo, pero a veces es cierto esa trillada frase “una imagen vale más que mil palabras”; esa mueca de alegría en sus labios junto con ese brillo en sus ojos, lo dijeron todo.

Para lograr ese imposible, que consistía en que un tolimense pudiera ganar una Vuelta a Colombia con semejante calidad de competidores que había, tuvo que dar su máximo. Tanto así que después de haber cruzado la meta final, con cuatro minutos de ventaja, por poco y se desmaya en los brazos de su mecánico. Sin embargo, para nosotros los amantes del deporte, no deja de sentirse un agridulce al escucharlo decir: “No pensé que la gente fuera a agradecer tanto la ganada de la Vuelta a Colombia, ¡o si no yo hubiera hecho el esfuerzo de ganarme otras dos más!”.

Representó en dos olimpiadas a Colombia, Japón 1964 y México 1968. Para no desentonar de lo que fue toda su vida, el talento esta vez también fue impulsado por una pizca de azar. Habiendo clasificado quinto entre 50 para lo que era la preselección rumbo a la olimpiada del Japón, el dinero volvía plantársele como obstáculo. Pero una vez más para él, su Dios, al mismo que le reza y que tiene colgado en la sala de su casa, como muchos católicos a lo largo y ancho de este país, le tendió la mano. Apareció en último momento un patrocinador que lo llevó al Japón. Ya para su siguiente olimpiada estaba más “organizado el gobierno”, y no tuvo que pelear tanto el poder viajar a México.

Es padre de cuatro hijos, los cuales “nunca dejó solos por temor a los malos caminos”. Esposo de la misma mujer hace 50 años, y nunca ha pensado en cambiarla porque “si no me gusta que me hagan cosas raras, tampoco yo las hago”. Devoto de manera acérrima Del señor de los milagros. Pensionado de Telecom, no del estado ya que, “no me dan ni el saludo”. De carácter bastante sedentario. El tiempo que tiene su matrimonio, se podría decir que también es el que ha habitado la misma casa. Se niega a las insistencias de sus hijos para que la abandone. Y todavía se niega más a la posibilidad de mudarse de Ibagué. No lo concibe porque para él, cosa que en mucho comparto, “este es el mejor vividero”.

Se me podría juzgar de candidez, ingenuidad y todo lo que se les parezca, pero podría dar fe de una gran sinceridad en casi todo lo que Pedro Julio Sánchez me contó. Sí, casi todo. Porque me rehúso a creer algún día que un ser humano abandone por completo su miedo a la muerte. Y cuando él me cuenta que en la última semana se le han muerto seis amigos muy cercanos, lo cual lo ha golpeado de sobremanera, al mirar en ese rostro no puedo menos que pensar que a sus 78 años cierto temor le ronda.

Eso sí, pocos amigos como ella, la bicicleta. No podía montar hace tres años a causa de problemas de salud, pero ahora los aspavientos que hace al anunciar que volverá al ruedo, hace creer en eso de que nunca es tarde. No queda más que decir:

— Muchas gracias don Pedro J.

— Muchas gracias a ustedes por recordarme.

— ¿Cómo no hacerlo?

 
 
 

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