La Derecha, la única que se disuelve
- Lorena Solano G

- 22 oct 2019
- 4 Min. de lectura
Nada te va a corromper, nada te va hacer mal

Estoy subida en el tubo de una valla de la policía, me duelen los pies, llevo ya tres horas allí, absorbiendo los hedores de la hierba santa que ronda todo el lugar, se siente el calor y los olores corporales de los cuerpos juntos, que saltan, poguean y gritan al ritmo de la batería. Esto es el Ibagué Ciudad Rock (ICR) 2019, son las 5:40 pm y ésta tocando la Mosca Tse, Tse, y la concentración de voces grita —Te quiero comer la boca, te quiero comer la boca, sin dejarte respirar— y el cansancio aún no se nota, solo la pasión por un género que convoca a esta reunión de jóvenes, viejos y clásicos de la escena musical rockera de esta ciudad.
De pie a la izquierda del escenario, estoy gozando y sollando el rato a la espera de La Derecha, la única derecha de este país que me gusta. La última vez que estuve en un ICR, fue hace más de 10 años, cuando aún Luis H. no había destrozado el parque deportivo, gozando y saltando al ritmo del género con el crecí y deleité mi oído.

Tuvo que pasar todo ese tiempo, para que regresará a estos espacios, convocada sólo por La Derecha, y no porque las demás bandas no me gustarán, sino que con el tiempo y la edad las conglomeraciones ya no son mi mayor afición, sumado a que las responsabilidades te van consumiendo como una droga que resulta difícil de evadir.
“Mario Duarte, se fue, a buscar alcohol, se montó a un carro rojo y se fue” expresó al otro lado de la valla, mi contacto que estaba allí más cerca de lo que yo podía estar.
Solo reí, es normal que se beba, se están despidiendo de los escenarios, por qué no beber, por qué no montarse en un carro rojo por la ruta que va al sur...
Por fin, son las 9:20 de la noche, es el turno de La Derecha. Acomodo mi espacio en el tubo de la valla, a la izquierda mi lugar para disfrutar desde allí a La Derecha. La planta de los pies me arde, siento que se han arqueado para poderse aferrar a ese puesto, ahora en vez de pies tengo patas de águila, tengo ojos de halcón, oídos de lobo, y garganta de chicharra, soy toda una figura antropomorfa, soy de barro y estoy hecha a mano.
A unos metros de mí está La Derecha, y arrancan las horas más vívidas de mi sábado. Cierro los ojos, respiró los aires con olor a cannabis, y de repente, hace calor, tengo 9 años, estoy acostada en el sofá de mi casa, aún con el uniforme del colegio puesto, descalza y el equipo de sonido está encendido, a todo volumen se escucha —Por mucho que me guste el rock, no puedo, no puedo dejarte— y siento los ritmos en cada parte de mi cuerpo, de fondo suena el pisador de Radio Activa, y ya estoy saltando en el sofá, por primera vez descubro a la Derecha, sin saber que mi vida giraría al ritmo de la izquierda. —Ay qué Dolor, ay qué dolor, qué dolor, qué dolor– es el año de 1998.
Ahora, tengo doce años, estoy sentada en mi cama, tengo un discman en mi mano, en mi oídos, suena —La rubia sideral descansa en el bar, y muestra sus nalgas blancas como el mármol— y grito– Y arañas, dónde están las arañas— mientras mi cuerpo estalla de emociones, con la voz de Mario, y vibra con la Derecha, estamos en Leticia, es agosto de 2001.

Abro los ojos, estoy allí, llueve suavemente, siento el fresco, sigo transformada y estoy gritando, –No hace falta, un puñal, cualquier tipo de puñal, para grabarte en el pecho– siento como mi piel se eriza, mis venas saltan sobre mi piel, como danza mi cuerpo aferrado al metal, no estoy en este mundo, estoy sentada en la luna, viendo desde allí como todos saltan, cantan, gritan y toman fotos. Observo aquel hombre espigado, de cabellos blancos, tomar una copa y siento que brindó con él.
Se acercan las 11 pm, en el público una rubia, de labios rojos y cara pálida, grita –Alice, Alice, toquen Alice– sin embargo, en el escenario no se escuchan los gritos agudos de la flaca, y yo observo mientras sobrevuelo el lugar, tomo aire y aúllo, tomo más fuerza, danzo sobre el viento, mientras tocan por última vez.
La rubia se queda en silencio, no tocaron Alice, se despiden, y ella se sienta en la grada a la izquierda –Donde Alice, me espera en el agua, Alice, no sabe qué pasa, Alice, me sopla su aroma en la cara, y la verdad es que ya no tengo destino– Todo se apaga estoy allí en esa grada, mis pies arden, ya no soy de barro.
Soy la adolescente, que está acostada en el suelo, con su cabello largo y revuelto, le doy la mano de un muchacho moreno, de cabellos enredados y botas largas. De fondo se escucha a Mario cantar –Y La verdad es que ya no sé a dónde, a dónde ir, y la verdad es que ya no tengo. Ahora paso el día pensando en lo poco que ha pasado y es tanto, tanto, que mejor yo me voy al mismo sitio donde Alice– Es febrero de 2007, hace frío en las tardes Bogotanas.
Soy la rubia de labial rojo, sentada a la izquierda, que creció con la Derecha, la única derecha buena, la que se disuelve, como el polvo cósmico, y se esparce por el universo, al ritmo de la guitarra y los efectos multimedia, cerca a la media noche, es un sábado de octubre en la ciudad musical.
Gracias.
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