Tennis y tapabocas: Ibagué retorna a la actividad física
- Pa´la gente

- 27 may 2020
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 6 nov 2020
Por: Lina Marcela Puentes

Un ligero aire frío de mañana rozaba mi cara mientras me dirigía al parque Centenario, el más cercano de mi casa. Un clima templado se cernía en la capital tolimense y como era habitual en los últimos dos meses de confinamiento social, todo estaba cerrado, exceptuando un par de tiendas de barrio. No encontré un alma en mi recorrido, caminaba a paso acelerado, pues ese sería el calentamiento previo para realizar mi ejercicio matinal.
Al llegar al Centenario, un parque grande, catalogado como uno de los escenarios deportivos preferidos por muchos y referente cultural y social para los ibaguereños, tuve que detenerme unos segundos, no logré asimilar el contraste: no me encontré a nadie en el camino y al llegar allí había gente de todas las edades, incluyendo niños y mascotas. Luego de volver en sí, me dispuse a iniciar mi entrenamiento.
Durante mi jornada de ejercicio, conocí a Durley, una mujer de unos 55 años de edad, de caderas anchas, pelo liso y de mediana estatura. Para ella salir era reparador, este tiempo era sagrado, pues tenía bastantes ocupaciones, entre ellas el cuidado de su hija de 24 años con problemas de espalda que le impiden caminar. Ese día era su esposo el que se encargaba, para que Durley pudiera salir a ejercitarse; respirar un aire diferente, y sentirse por un momento libre de sus deberes. Al igual que los ciudadanos interesados en hacer ejercicio, Durley había aprovechado una bicicleta estática en su casa para mantenerse activa pese a la cuarentena decretada, no obstante, solo podía pedalear por unos minutos pues las labores de la casa no dan espera, por eso se le veía tan motivada este día.
Como ella, alrededor de 100 personas más se encontraban realizando alguna actividad dentro del parque; unos montando en bicicleta, girando en círculos y moviendo los pedales coordinados como en una sinfonía, otros estiraban sus piernas, subían y bajaban escaleras, mientras unos más trotaban, algunos distantes y otros en equipo. Casi igual que antes, solo que, en ese momento, todos llevaban un accesorio común: un tapabocas o mascarilla, de carácter obligatorio, de acuerdo a las disposiciones del gobierno frente a la pandemia. Un tapabocas signo de la vulnerabilidad del ser humano, de la fragilidad de la vida, y de la necesidad de protegernos y de cuidar a otros.

De repente, un sentimiento de nostalgia me invadió. Ya no estaba la señora que habitualmente vendía jugos de zanahoria y de naranja, y ya no se reunían las señoras de mayor edad a realizar aeróbicos en la mitad de la Concha Acústica, el parque estaba igual que antes, pero algo en el ambiente imprimía sensaciones diferentes, las personas no eran las mismas, percibía el miedo desprenderse de algunos al sentir contacto físico con otros.
El sol empezó a asomar en medio de los árboles que decoran el parque Centenario. Habían pasado varios minutos y todo parecía igual. Los que iban acompañados paraban cada cierto tiempo a conversar, tomar agua o limpiarse el sudor, otros seguían absortos haciendo ejercicio, en todos se notaba cómo disfrutaban del clima, la sensación de ver personas diferentes, de respirar el poco aire que traspasaba por el tapabocas que estábamos usando, casi nadie paraba a tomar un descanso, todos querían aprovechar el tiempo que podían estar fuera de su casa.
La noche anterior decidí llamar a Diego Gutiérrez, gran amigo mío y trabajador del área de la salud, pues tenía bastantes dudas sobre mi regreso a distintas actividades cotidianas, entre ellas el deporte. Sé que como yo existen muchas personas confundidas por falta de información, aunque parezca ilógico, pues a pesar de que sobreabunda, es tarea compleja encontrar fuentes confiables en temas específicos a consultar.

Entre risas, quizá por mi ignorancia o confusión frente a muchos temas, Diego me explicaba cómo afecta a las personas la falta de actividad física, caminar por la casa como una aspiradora robot, de un lado para otro sin hacer otro tipo de movimientos, sumergirse en millones de series, realizar por largas horas teletrabajo, o visitar redes sociales, puede generar sedentarismo, obesidad u otros problemas cardiovasculares que podían aparecer por mantener encerrados. Mientras tanto yo seguía atenta, escuchando cada cosa que decía, sin pronunciar palabra alguna, en ese instante, él empezó a enumerar un listado de beneficios que se generan al ejercitarnos de manera regular: bienestar emocional, liberación de endorfinas, sensación de equilibrio y tranquilidad, y el impacto positivo en nuestra salud mental.
Mi cerebro iba procesando la información mientras Diego continuaba hablando, a veces casi podía sentir el olor a loción masculina, algo picante, que solía tener cuando nos veíamos en persona, se sentía extraño hablar de temas tan importantes a través de un teléfono y no en la vida real; sin embargo, él intentaba hablarme de manera menos técnica y en un lenguaje más casual para que yo pudiese entender mejor lo que me quería decir, dentro de ello hablamos que el ejercicio era bueno, que combatía la depresión, el estrés, la ansiedad y varias patologías que van ligadas con el aislamiento, que estaba bien hacerlo en casa para mantenernos activos, pero que al aire libre traía más beneficios, que me animara y que dejara el temor de lo que muchos especulan en las calles: contagios y riesgos.***

Esa mañana, luego de hablar con Diego, me sentía más segura, tenía más claro los riesgos, los beneficios y las precauciones al salir. Efectivamente puede existir un riesgo al ausentarnos de nuestras viviendas, pero ese riesgo a la hora de realizar actividad deportiva aumenta o se presenta cuando hay confluencia de un grupo de personas sin respetar la distancia mínima. Por otro lado, existe un claro debate sobre el uso del tapabocas a la hora de realizar ejercicio, pues este impide el flujo de aire en los pulmones; sobre las medidas de bioseguridad, el lavado de manos, no llevar las manos a la cara mientras realizamos actividades deportivas y el distanciamiento a mínimo dos metros. En el Centenario parecía cumplirse todo al pie de la letra y las personas se veían seguras mientras no hubiese alguien que sobrepasara las normas establecidas.
A pesar de ello, hay quienes optan por quedarse en casa, Ana Julia es una de ellas, aunque no es la misma experiencia que cuando salía a caminar por la montaña que queda a pocos kilómetros de su casa, en la que respiraba aire puro y se deleitaba con hermosos paisajes, ella prefiere evitar a toda costa salir de su casa, así incomode a los vecinos del piso de abajo cuando salta al laso en repetidas ocasiones. No logro asimilar si los que no salen son los más temerosos o los que más se cuidan, lo que sí me queda claro es que la mayoría de personas intentan seguir con sus rutinas a pesar de los cambios abruptos que ha traído consigo la pandemia.







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