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Narrativas visuales: lo que ha dejado la guerra.


Narrar la vida después de vivir la guerra.

Luego de un viaje de doce horas, un bus lleno de personas hasta el punto que muchas de ellas colgaban en la puerta, un recorrido desde Gaitania en Willys donde el único deseo que brotaba en mi era que el carro no se fuera por el abismo, fue como llegué a la Zona Veredal de las FARC en la vereda El Oso.

Allí se pone en evidencia la otra cara del reportaje gráfico, la cara de la imagen a través de las guerrilleras, Simona y Camila son algunas de ellas.


FOTO: Walter Cataño

Ya que una entrevista no era una idea que agradara, en medio de diálogos estas dos mujeres mostraban lo que ha sido narrar la guerra después de vivirla, porque según Simona -quien es guerrillera desde hace más de 10 años, su temperamento resulta tan voluble desde afuera, en un momento está seria y de repente como si algo explotara en ella dice alguna frase llena de efusividad, y habla con una fluidez cauta que me hacia sentir ignorante por no lograr comprender esta forma de diálogo- en los años 80 en Colombia las FARC realizaban trabajo gráfico, pero para evitar que los altos mandos fueran reconocidos por el gobierno, decidieron abandonar la labor hasta el 2012, año en el que iniciaron los diálogos de paz con el presidente Juan Manuel Santos.

Desde ese momento Simona y Camila han estado vinculadas con la imagen para mostrar la vida cotidiana de ellas, sus compañeros y compañeras, y cómo ha sido el proceso para reintegrarse a la vida civil.

En mi memoria permanece el recuerdo de una parte del diálogo con Camila por la conmoción que sentí al observarla, percibí que ella era menor que yo, máximo tendría unos 18 años, y a su edad a llevado en sus hombros equipo, fusil, comida y horas de caminata que para mí son elementos de una vida que no puedo soportar, mientras imaginaba todo esto, veía en sus ojos la pérdida de horizonte, y lucha constante entre la esperanza y el temor, cuando ella piensa en la posibilidad de tener una vida distinta.


–Daniela: ¿Cómo usted construye la realidad para mostrar la vida aquí en el campamento?

–Camila: ¿Cómo le digo? Yo hago lo que los comandantes me piden que haga, por ejemplo una toma aquí o allá, que se vea el campo, la montaña o los compañeros. Todo es natural nosotros no hacemos que actúen o posen cuando estamos haciendo los vídeos o las fotos.

La fotografía y el vídeo le ha permitido a esta comunidad mostrarle a la sociedad colombiana la parte humana que durante muchos años se ha intentado ocultar por la falta y falsa información brindada por los medios hegemónicos del país.

FOTO: Walter Cataño

Mujeres como Simona y Camila han identificado el poder de la imagen para hacer llegar a otros su ideología, que se basa en el cuidado del ambiente, el respeto y protección a los campesinos, indígenas y afro-descendientes, y la lucha en contra de las políticas que van en detrimento de la equidad.

Todo este proceso de identificación lo han formado con talleres de periodismo creados por la misma organización (Farc), donde trabajaban cámara, redes sociales, reportaje y la parte gráfica, este último no lo han podido realizar porque las ordenes de captura en contra de Camila y otra compañera no han sido levantadas.

En las FARC las mujeres tienen la posibilidad técnica para realizar documentales y tener registro fotográfico gracias a los equipos como cámaras, trípodes y computadores que la misma organización ha obtenido, porque el gobierno no les da ningún tipo de apoyo al respecto, debido, como dice Camila al enfoque que tiene el gobierno dista mucho del que ellos como grupo revolucionario tienen.

Las mujeres víctimas a través del lente de Natalia Botero Oliver.

En una entrevista vía Skype que Natalia Botero Oliver me concedió, ella me mostró una parte de lo que siente al momento de narrar la historia de las víctimas, y cómo en medio de la narración de estas historias ella ha emprendido una búsqueda de aquello que ha perdido pero como ella dice aún no sabe qué es..

En medio de estas narraciones Botero Oliver antes de empezar a registrar, busca establecer lazos de confianza con las personas que están ante ella, permitiendo que las víctimas tengan su espacio de duelo y reflexión, en muchas ocasiones estos lazos se hacen profundos, como los que tiene desde el 2010 con Romelia, una mujer de La Granja en Ituango Antioquia, a la que Botero conoció durante la exhumación de varios desaparecidos, entre ellos dos de los hijos de Romelia, Jorge Iván y Diana Marcela, cuando los restos llegaron a Medellín para los análisis y las pruebas de identificación se tardaron un año para entregar a Jorge Iván y dos años a Diana Marcela. Desde ese momento Natalia y Romelia son amigas.

Botero Oliver cuenta casi con lagrimas en sus ojos “Romelia me agradece a mi el haber encontrado a sus hijos, entonces yo le digo:

"Pero Romelia yo no hice nada eso lo hizo la fiscalía, ósea la fiscalía, los forenses, ellos fueron los que fueron, excavaron con las indicaciones, ellos encontraron a sus hijos, los sacaron, en medicina legal le hicieron la identificación, yo no hice nada, yo simplemente los acompañé, entonces ella me dice, es precisamente eso, que usted sin tener arte ni parte en el asunto, sin tener que ver nada conmigo ni tener que ver nada con la fiscalía, usted siempre ha estado ahí acompañándome, entonces para mi usted también me ayudo a recuperar a mis hijos y ha querido contar la historia de mis hijos sin ningún interés más que el que yo pueda recuperar la historia de mis hijos”.

Son estas palabras de agradecimiento y los vínculos que crea con las mujeres a las que toma fotos, lo que ha impedido que Botero Oliver abandone el reportaje gráfico.


Cámara Nikon 300s / Lente 18-135 mm f 3.5/ Digital raw/ Hora de toma mañana. Natalia Botero Oliver. Relatos de una cierta mirada p. 63.

Con esta historia, Botero Oliver me dejó sin palabras, inmediatamente me pregunté ¿Cómo sigo esta entrevista? Sólo cuando realicé dos preguntas más y la terminé, comprendí que la entrevista no debió continuar y las dos preguntas demás no debí decirlas, porque necesitaba para mí ese momento de reflexión, quietud y comprensión.

La ruta pacífica de las Mujeres.

La ruta pacífica de las mujeres es un movimiento feminista que a través de sus libros “La verdad de las mujeres Tomo I, Tomo II” se propone construir la memoria de las mujeres víctimas del conflicto armado, pero desde la lectura que realicé pude observar que los testimonios allí plasmados no hacen parte simplemente de una construcción de memoria, sino también de convertir estos relatos en una cifra más.

A ella le pegaban palo, la cogían por ejemplo en un atijo la cogían uno por allá y la cogía el otro por acá y la jalaba y le metían como es los pulsante esos que traen las armas; la hurgaban (le introducían los accesorios de las armas por sus partes) y había otra señora que también la cogieron, también la hurgaron lo mismo, le pegaban con palo, le metieron un palo por la vulva, había otra muchacha que decían que era novia de él, Mario, que era guerrillero y a ella la torturaron también, también le hicieron lo mismo, le dispararon, la arrastraban, le pegaban palo, y también en la vulva le metieron una lima. El Salado, Bolívar.

Ruta Pacífica por las Mujeres. Informe la verdad de las mujeres Tomo I (2013); p. 44

A estos hechos se le suma otro factor de violencia, el abandono emocional en el que se encuentran estas mujeres por parte de su familia, bien sea porque no pueden tolerar todo aquello que le ocurrió a sus hijas o esposas y que ellos no pudieron evitar, o porque se supone que si un líder guerrillero, militar o paramilitar le hace eso a sus hijas es porque ellas debieron dar algún motivo a aquel sujeto para que actuara de esa manera.

Violaciones a las mujeres como la anterior que fue perpetuada por grupos paramilitares, son historias que sólo hacen parte de estadísticas o tejidos de memoria que se convierten en herramientas insuficientes para que exista una acción real de justicia por parte de las instituciones competentes.

Sin embargo, el abandono emocional no es lo único que existe, también muchas mujeres son maltratadas por sus padres, esposos o hermanos y cuando deciden denunciar ante su madre estas agresiones, encuentran en ellas a un individuo incapaz de actuar por el miedo que siente.

Esto se evidencia en una de las anécdotas que el Tomo I pone de manifiesto con el caso de una mujer en el Tolima, debido a la situación socio económica de su familia, fue forzada a casarse cuando tenía 16 años, su esposo fue el primer hombre que la violó y maltrató, cuando ella decidió decirle a su madre simplemente recibió como respuesta que debía soportarlo porque ya estaba casada y tenia un hijo, que debía pensar en lo qué iban a decir las personas, este fue sólo el inicio de lo que la vida le depararía.

Pero cuando se es madre y víctima no hay tiempo para pensar en el dolor o en sanar, sólo se sobrevive en medio de la búsqueda de aquella fórmula mágica que le permita a sus hijos y a ellas encontrarle de nuevo sentido a la vida.

Eso era lo que veía en los rostros de las mujeres de Gaitania, sus rostro estaban llenos de fuerza, algunas parecían mal humoradas, mientras otras se veían felices, seguían mi camino con la mirada y me hacían sentir como una intrusa; este trato frío, las miradas que no se apartaban de mí y todo lo que desconozco que estaban pensando, cobró lógica cuando vi las marcas de los disparos en la antigua estación de policía, su trato se debía a mi notable falta de experiencia de cómo es vivir en medio de un enfrentamiento bélico, y lo que implica para quienes sí lo han vivido la presencia de desconocidos en su territorio.

Las víctimas ¿nada más que un dato?

En Colombia a las 9.753.272 víctimas se les denomina como tal por entidades estatales cuando la guerra las somete al desplazamiento forzado, son secuestradas, alguno de sus familiares ha sido asesinado, han tenido que abandonar sus tierras, han desaparecido forzosamente un ejemplo de ello son los falsos positivos, han vivido en medio de actos terroristas como bombardeos o tomas a través de las armas de un territorio, las perdidas que han vivido los niños y adolescentes o la vinculación que estos puedan tener con los distintos grupos armados y por último la perdida de bienes e inmuebles.

En medio de esta cantidad de clasificaciones y según el RUV (Registro Único de Víctimas) aproximadamente 4.021.278 son mujeres.


Cifras de victimas del conflicto armado en Colombia

Datos retomados de: RUV (Registro Único de Víctimas)

Autor: Daniela Correa Álvarez

El hecho que según estas estadísticas, el 50% de las víctimas sean mujeres, pone de manifiesto que nosotras somos el principal sujeto que es atacado por los distintos grupos armados legales e ilegales. Según este mismo registro en el Tolima se tienen reconocidas 369.007 víctimas de las cuales más o menos 183.175 son mujeres.


Victimas del conflicto armado en el Tolima

Datos retomados de: RUV (Registro Único de Víctimas)

Autor: Daniela Correa Álvarez

Todas estas cifras recopiladas entre 1.985 y 2.017, evidencian la responsabilidad de los distintos grupos armados y la del Estado, sobre todo durante el periodo 2002-2010 cuando el número de víctimas se disparó de forma alarmante, paradójicamente durante este mismo periodo estaba en vigencia la Política de seguridad democrática implementada por el ex presidente Álvaro Uribe Vélez, con la que se proponía eliminar con ayuda de la sociedad a grupos beligerantes y armados ilegales.

Durante esa política donde no hubo seguridad para los pobres, negros e indígenas, y la democracia parecía una utopía, el Ejercito tuvo una implicación mayor que los grupos paramilitares y guerrilleros cuando se habla de ejecuciones extrajudiciales o de falsos positivos según un estudio realizado por la CCEEU.

El modus operandi del ejercito era ir a las zonas periféricas de las ciudades, donde les prometían trabajo a sus objetivos, los llevaban lejos de sus casas para drogarlos, asesinarlos y luego hacerlos pasar como guerrilleros o paramilitares caídos en combate.

Los paramilitares por su parte son sanguinarios y sus actuaciones rayan en lo perverso, con lista en mano y en ocasiones también con fotografías llegan a diferentes municipios y departamentos de Colombia donde cometen masacres como la de Mapiripán, El Salado, El Aro, Macayepo y Bahía Portete.

A todo esto se le suma el rol que interpretaron las FARC, con la masacre de Bojayá y los cientos de asesinatos en contra de campesinos, líderes sociales, mujeres y niños porque quienes no están con ellos están en contra de ellos, los secuestros y el reclutamiento de menores, son actos que se hacen más evidentes cuando la zona está marcada por la participación de distintos grupos armados.

Uno de los casos de reclutamiento a menores fue la que vivó aquella mujer del Tolima –la misma que tuvo como primer agresor físico y sexual a su esposo, y no se podía separar por el qué dirán– donde los guerrilleros no sólo se llevaron sus hijas, también la forzaron a cocinar para el comandante, mientras ella suplicaba que sus hijas le fueran devueltas, hasta que un día se las entregaron y debieron huir, desde ese entonces la guerrilla la busca. “El epílogo de esta vida marcada por todo tipo de violencias es la afectación sobre sus hijas: “una se tiró a la bebida, al trago, se ponía a tomar y la otra se la pasaba detrás. Eso fue duro, ver a esa niña en trago y como con odio, ese odio, ese rencor de ella, como que la vida no valía nada...” Natagaima, Tolima.”

(Ruta Pacífica por las Mujeres. Informe la verdad de las mujeres Tomo I (2013); p. 40-41)

Botero Oliver y su visión de los grupos armados.

Para Botero Oliver, los grupos armados se han encargado de utilizar a su favor a los medios de comunicación, en un primer momento cuando el conflicto armado fue más crudo, eran los protagonistas porque tenían ahí a la prensa para documentar, tomar fotografías de los bombardeos y asesinatos que cometían mientras las víctimas continuaban en un anonimato extremo, “porque de las víctimas nadie habló, ni de lo que le sucedía a las personas, cómo ellas volvían a reconstruir sus casas e intentaban continuar con sus vidas, nunca nadie habló”.

Pero Natalia persiste en la idea de darle voz a las víctimas a través de los talleres realizados en el Museo Casa de la Memoria, donde las mujeres se acercan algo recelosas, con poca empatía ante el trabajo que se les presenta, sin embargo al final, tienen una posición más abierta porque han logrado a través de procesos escritos, narraciones artísticas y de la fotografía, reencontrarse, sanar el dolor que tienen y ser observadas de forma distintas por sus familias.

“Con un marcador naranjado, Gloria Elena Macías Mazo, de 50 años, calcó una de las fotografías que formaban un collage en una de las paredes del Museo Casa de La Memoria. Empezó delineando el rostro de su hermano Jairo de Jesús, continúo con sus brazos, que cargaban a un niño de seis años, y finalizó con los trazos verticales de sus piernas. Luego, repitió el procedimiento con las ramas del jardín y el contorno de una montaña, ubicada en frente de una casa de bahareque, de la vereda Cajones de Betania (Andes, Antioquia).

Aquél hombre retratado, junto con otro de sus hermanos y un sobrino, hacen parte de los ausentes, desde el 21 de diciembre de 2001. En esa fecha, hace trece años, un grupo armado llegó a la hora del almuerzo y los forzó a marchar por una carretera, hasta que se perdieron de vista del resto de familiares. Después, continuaron los procesos para denunciar la desaparición, ante el Batallón Cacique Nutibara, de Andes, y la Fiscalía General de la Nación, en Medellín; ambos infructuosos.

Esos fueron los hechos que unieron a la hermana Macías Mazo con el resto de mujeres que asisten al taller. “Nos reunimos para hacer trabajos individuales y colectivos, en los que utilizamos fotos y objetos traídos de la casa para hacer maquetas, donde representamos los momentos que compartimos con nuestros ausentes y que están guardados en la mente y el corazón. Todo esto va a estar incluido en el álbum, en el que tendré a imágenes de mis hermanos y de la casa en la que vivíamos”, expresó.”


Foto: Esneyder Gutiérrez Cardona.

En medio de todo el trabajo que hace Botero Oliver, se pone en evidencia que la forma en la que las mujeres observan, sienten y viven la guerra es distinta, la observación que hacen es desde el dolor por no poder proteger a sus seres amados, la sienten con mayor intensidad porque socialmente se les permite gritar, desgarrar sus vestiduras y dejar salir todas las emociones que las consumen en ese momento y la viven de manera fugaz porque deben estar allí para aquellos que aun las necesitan.

Después del acuerdo de paz ¿Cómo las mujeres van a narrar la guerra?.

Teniendo en cuenta que los acuerdos están construidos entorno a la inclusión de género, no puedo evitar preguntarme ¿y ahora qué?, todas las posibles respuestas que pueden surgir no son más que especulaciones.

Espero que se puedan brindar talleres como los que ha realizado Botero Oliver en Medellín, en otras partes del país, sobre todo en el sur del Tolima –que ha sido un territorio donde a través de los campesinos que exigían una carretera, nacieron las ideas revolucionarias con las que conformarían las FARC, y durante los últimos 50 años han vivido el conflicto entre las FARC, los paramilitares y el Ejército Nacional– para crear lazos comunicativos, reconstrucción de memoria y que sean medios con los cuales se busque sanar o cerrar los ciclos abiertos que ha dejado la guerra.

También espero que en el marco del post acuerdo se considere como un punto relevante de cumplimiento por parte de todos los sectores involucrados, el respeto por los derechos humanos de hombres y especialmente de las mujeres y así, dejemos de ser uno de los principales sujetos a atacar en el conflicto que aún continúa en manos de otros grupos armados y convirtamos las cámaras, sueños y el territorio en las armas para escribir una nueva historia de Colombia.



 
 
 

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