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Poloche, la matrona indígena

Actualizado: 11 may 2020

Por: Zully Yaguara


Bajo las profundidades de la represa Zanja Honda sale una mujer esculpida de templanza y modo, con las palmas de sus manos gruesas de arar la tierra que le da su sustento, a pesar de la edad, su cabello mantiene el color negro y parece el tiempo quedarse en él, como si la fuente de la juventud se atrapase en su largura y grosor, empapada sale del agua, apartando de sus dedos uno que otro musgo que quedan entre ellos.


Fotografía: William Rey


Rosalía Poloche a pie descalzo camina sobre la tierra que aún permanece caliente, avanza sin problema, como si en su suela llevara zapatos, toma una toalla rota que tiene colgada en una cerca de alambre de púa, se seca sus senos y se pone su falda roja con una blusa verde. Se ríe al vernos anonadados por el hecho y nos invita a bañarnos en la represa. Ya que habíamos caminado una gran parte de Chenche Amayarco el resguardo donde vive Rosalía; fue ella quien nos acompañó a conocer esta comunidad aquel sábado desde la mañana.



Lo que más resalta de ella es su sonrisa espontanea cada vez que nos volteaba a mirar. Cayó la noche y caminamos alrededor de cien metros por las orillas de la represa, solo se escuchaba el cantar de los sapos y ranas en sus fosas de barro.



Mientras andábamos, Rosalía nos contaba anécdotas de la gente que había muerto en la represa, “a pesar que esta comunidad no es tan visitadas por turistas, una vez vino una pareja de otro departamento a conocer la represa y se pusieron a tomarse fotos ahí, y mientras que se acomodaban en la orilla de la represa se fue un barranquito y el muchacho cayó en la represa y se ahogó, ahí han pasado muchos casos “comento.



Fotografia: William Rey


A eso de las siete y media de la noche llegamos a la finca de Rosalía Poloche,

mujer coyaimuna, de sesenta y seis años, una mujer aguerrida, luchadora; como artífice y madre, pero sobre todo como matrona indígena, creadora de artesanías ancestrales que la identifican como líder del resguardo Chenche Amayarco, un poco de historia que se ha perdido en el paso leve de cada amanecer durante generaciones.


Se percibía un aroma a barro húmedo, era el barro que Rosalía masajeaba en su batea de madera, con sus manos gruesas lo golpeaba de arriba hacia abajo para que este diera su punto y empezarlo a moldear como jarrón. Era un encargo que tenía que entregar esa semana.


Al amanecer del domingo a lo lejos se escuchaban los canticos religiosos de la iglesia del pueblo de Coyaima. Rosalía ya había iniciado su quehacer diario, empezó a rajar leña con un hacha mojosa, cuando vio que no le cortaba bien sus trozos de leña, decidió meter el tronco así, a un fogón de tres piedras que tenía sobre el suelo en la esquina de su casa, con una tina de aluminio grande que sonaba lo que hervía dentro de ella. Rosalía, inició a revolver lo que tenía en la tina con un palo grande; ya le había echado las plantas medicinales nativas como el limón, tamarindo, guayabo entre otros y el cebo de res, aun le estaba echando lejía de ceniza. Mientras que eso hervía probó la mezcla y dijo que todavía faltaban unos días para que diera punto el jabón de la tierra que estaba procesando.



Mientras que Rosalía encendía el fuego, al frente de su casa una señora acomodaba unos baldes en el camino. Al verla, Rosalía nos pregunta si ya habíamos probado la chicha de maíz, a lo que nosotros respondimos que no. Ante esto, ella tomó una totuma grande para llevarla a la otra casa, llegamos allí y era la casa de su vecina Doris Tisoy, quien estaba preparando chicha de maíz para llevarla al pueblo y venderla en el club de la chicha; así se llama el lugar en donde las mujeres indígenas venden este producto los fines de semana en el pueblo de Coyaima. Este lugar es una choza grande con sillas de madera, y tienen música ranchera de fondo.





Fotografia: William Rey


El día domingo pasaba muy rápido, ya se hacían las ocho de la mañana, Doris la

vecina de Rosalía termina de subir el último timbo de chicha a la moto que le estaba haciendo los viajes, se pone sus sandalias de tacón negro y coge unos balayx; artesanías que se tejen para colar la chicha. Doris se despidió de nosotros, y nos invitó para que en la tarde le hiciéramos el gasto de unas totumadas de chicha.


Como era domingo Rosalía empezó a hacer otras ollas de barro para dejarlas secando. Después, empezó a envolver en hojas secas de cachaco unos jabones de la tierra que tenía arrumados en un rincón, los pesó y los amarró con unas tiras de fique; con el que hacen la cabuya. Se alistó porque en la tarde iba a venderlos en el pueblo. Tenía jabones de tres tamaños; pequeños, medianos y grandes. Los pequeños los vende a mil pesos, los medianos a mil quinientos y los grandes a dos mil.


Rosalía buscó una canasta y empezó a acomodar los jabones para llevarlos en la tarde al pueblo que queda a veinte minutos en carro de su casa. Casi siempre hace un sol radiante por esas tierras, del suelo arenoso salía vapor, pero aun así Rosalía iba con sus zapatos negros dentro de su canasto.


A la entrada del pueblo de Coyaima, Rosalía sacó los zapatos de su canasto, se los puso y partió para las droguerías a distribuir los jabones de la tierra que llevaba para la venta. Luego fuimos al club de la chicha donde estaba la prima de Rosalía. Y tomamos varias totumadas de chicha. Ya haciéndose tarde Rosalía se preocupa por la llegada a su casa, puesto que ya era la hora que saliera el último jeep para la vereda Amayarco.


Con unas cuantas totumadas de chicha Rosalía se fue despidiendo de nosotros, alistó su canasto echó sus zapatos dentro de este y se subió al jeep. Se hacía de noche, Rosalía ya iba lista para dormir debajo de las hojas secas. Donde en los atardeceres se escuchan el canto de los pájaros de verano, en la noche se puede ver el cielo azulado e iluminado de estrella y los amaneceres tienen un aroma a barro húmedo y a leña.



 
 
 

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